Me estaba descosiendo por la sensación de estar solo, con un desconsuelo infinito

Me estaba descosiendo por la sensación de estar solo, con un desconsuelo infinito que prometía hacerme beber toda la noche.  La mujer y el hombre se sentaron en una mesa cercana, yo levanté sin mucho interés la cabeza para verlos.  Ella tenía lunares en el cuello, unos anteojos para el sol sobre la cabeza, los aretes eran dos aros simples y sus ojos eran del color de los míos.  El hombre usaba una camisa a cuadros, solo recuerdo eso.  Volví a la lectura del libro, la voz de la mujer llegó rápidamente a mi oído, me estremecí inmediatamente, ahora toda la atención de mi cuerpo estaba en ella, cambié la posición sobre la silla, ahora podía verla constantemente sin ser sorprendido por ellos, el libro pasaba de una mano a la otra, unas veces en la mesa, solo un objeto que me facilitaba ocultar que todo el tiempo estaba pendiente de la mujer.

Mi café se terminó antes que el de ellos, no me era habitual tomar otra taza de café a esa hora, pedí otra, y seguí con el mismo juego, observando a la mujer, escuchando su voz, pendiente de sus movimientos.  Ellos salieron, yo me quedé sentado suspirando, había olvidado la sensación de soledad y el desconsuelo infinito había desaparecido.  El siguiente día estuve a la misma hora, tomando café y menos concentrado en el libro, tenía ansiedad, un afán que se hacía visible en la manera como me movía en la silla.  Pasaron cuatro días más antes de que ella volviera.  Era un martes, llovía sin misericordia sobre la ciudad, había tormenta eléctrica y el ruido de los truenos interrumpía la charla de las personas en las otras mesas.  Ella entró a la cafetería con dos mujeres, buscaron una mesa, afortunadamente para mí estaba próxima a la mía.

Desde ese día, por veinticuatro días consecutivos, la vi entrar y salir, unos días con amigas, otros con un grupo más amplio, otras veces con amigos.  Tomé nota de cada una de las prendas que llevaba, forma, color, incluso aventuré por el tipo de tela.  El día diez, al igual que yo llevaba ropa nueva, no fue necesario reconocer esa ropa y esos colores como nuevos, se le notaba en el rostro la alegría de quienes estrenan.  Esa semana estrenó dos veces más, yo había cambiado un par de camisas y también estaba estrenando.  El día veinticinco, cuando entró con otra amiga, no encontraron mesas disponibles, la mía, siempre tenía dos sillas desocupadas.  Me preguntaron si podían acompañarme, por supuesto no me negué, me concentré en la hoja del libro, honestamente estaba leyendo, eso sí el aroma del perfume hacía que mi lectura fuese más agradable, en algún momento me interrumpieron, ella me miraba directamente a los ojos, me estaban invitando a un café, agradecí y me quedé viéndolas, me excusé por estar metido en un las hojas de un libro en vez de observar la realidad y compartir mis apreciaciones sobre la misma, estuve como cinco minutos hablando hasta cuando les dije que seguramente era mejor quedarme callado ya que no les había permitido seguir con su charla.  La mujer no dejaba de verme, se notaba entusiasmada, la amiga reía, me preguntó por alguna de las observaciones que hice, entonces seguimos hablando por más de dos horas.

El día siguiente ella vino sola, yo la vi desde cuando entró, la llamé, le pedí que me permitiera invitarle un café, aceptó y nos sentamos a hablar, mi libro se quedó al lado del café, ignorado por completo.  Su charla era fresca, como si sus palabras fuesen invisibles, todo me lo contaba, todo lo narraba sin que yo sintiera que algo me era oculto.  Yo le hablé de mí, de mis imposibles, de los viajes renunciados, de las caídas y los saltos al vacío, de unas canciones que no me sabía.  Volvimos a vernos ya no solo en el café, nos encontramos tantas veces como pudimos, ella quería compartir sus lugares, le fascinaba mostrarme cada lugar en la que ella detenía sus miradas, yo le decía que estaba hecha de vino, que escucharla y verla me embriagaba con una satisfacción que solo podría llamarse amor.  Ella, lo recuerdo bien, se sonrojó, me respondió con las mismas palabras y después, como si la primera oración que escribí en este texto nunca hubiese existido empecé a regocijarme, y para siempre, en el amor diario que ella y yo nos promulgábamos.

Oscar Vargas Duarte

 

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