Lugares comunes

A las tres de la tarde arribó el vuelo Medellín – Bogotá.  El aeropuerto el Dorado no sufría de la agitación propia de las horas pico.  Eduardo tomó la maleta, busco el local en donde tenían las llaves del auto.  La prima de Fernando trabajaba en ese local desde hacía una década, este día le tocaba el turno de la tarde, Fernando le había dado su auto para que lo dejara en el estacionamiento del aeropuerto, le había dado las indicaciones para que entregara las llaves a su amigo Eduardo, quien pasaría después de las tres de la tarde.  Al pasar Eduardo al local, la prima lo estuvo observando por un rato, imaginó que era él desde cuando lo vio en el local sin que pareciera tener un rumbo fijo, tomó el celular y llamó a Fernando, parece que llegó tu amigo, aún no me habla, está viendo unos licores, este tiene cara de que no comprar.  En el móvil de Eduardo el sonido propio del Messenger al recibir un mensaje lo hizo reaccionar, vio el mensaje, levantó la vista, le sonrió a la muchacha, se acercó, entonces después de presentarse y saludar, la prima le pasó el celular, las palabras fueron pocas, ya se contactarían por Messenger.

Eduardo compró una botella de licor, una crema de whisky, media botella, ni siquiera le parecía una buena idea, sin embargo, después de haberla estado observando no quiso sentirse como un mal cliente, igual pensó que María podría sentirse animada a tomar unos tragos.   Con los papeles y las llaves del auto, fue hasta el lugar en el que había quedado en esperar a María, ya había averiguado y el vuelo en el que ella venía había llegado puntual, así que a las 3.45 p.m. se encontraron en la Librería Nacional , parecían desconocidos, de ahí salieron uno tras el otro, María adelante, ya Eduardo le había dado la ubicación del auto, así que ambos iniciaron el camino hacia el estacionamiento, cuando llegaron, ella se hizo en la puerta del copiloto, Eduardo quitó los seguros con el control remoto, ella entró, cuando Eduardo se sentó en el puesto del piloto, María se estaba quitando los zapatos,  agitaba los pies contra el piso, se quejaba de frío, ahí se saludaron como esperaban hacerlo hacía varios meses.  Un beso, otro, un contagio bacterial entre las lenguas,  las manos apasionadas buscando botones sueltos.  Salen del estacionamiento, dan el giro en el último regreso que hay hacia el centro por la calle 26, se encuentran con una pequeña congestión de autos al tomar la “oreja” que va hacia la avenida ciudad de cali, pasan el puente, hacen la “oreja” contraria, salen de la ciudad de cali hacia la calle 26, como si quisieran volver al aeropuerto, toman la calle que va hacia alamos sur, y un minuto después están en uno de los moteles que se encuentran en el sector.  Son las cuatro y treinta.  Ambos deben estar en sus casas antes de las nueve de la noche.

El celular de Eduardo tenía ocho llamadas perdidas del celular de Fernando.  Eran las nueve de la mañana.  La esposa fue quien le dijo que el celular había estado timbrando, él miró el celular, qué la habrá pasado a este man, toma el celular, lo llama.  La conversación se llena de oraciones sin sentido, de risas por parte de Eduardo para que su esposa no sospeche del tipo de preguntas que le hacen.  Se ríe al comienzo, luego deja que su rostro se llene de preocupación, le promete volver a llamarlo, la esposa ignora la conversación, quiere hablar del lugar al que irán de vacaciones, ya la fecha la habían decidido desde antes.

Fernando pasó por el auto al parqueadero del centro comercial Calle 72.  Eduardo llevó a María a un centro comercial cerca de su casa, de ahí pasó a dejar el auto en el parqueadero del centro comercial, debía dejar todo en la bolsita para la basura que estaba debajo del asiento del copiloto.  Fernando abrió con una copia de la llave, tomó lo que le habían dejado en la bolsa, se rió un rato antes de salir hacia su apartamento.  Lo que él no hacía lo hacían sus amigos y él se sentía parte de la aventura.  Ocho años de matrimonio, un hijo de cuatro años, se sentía feliz y pleno con su esposa.  Nunca había pensado y sabía también que no lo haría, ser infiel a su esposa, eso sí se ofrecía para los planes de los amigos, era una especie de fuga de su vida real la que vivía a partir de las aventuras en las que se metían sus amigos.

Llegó al apartamento, su hijo estaba aún despierto, le ayudó con la pijama, lo dejó en la cama después de haber hecho una oración por toda la familia.   Supo que su hijo estaba dormido quince minutos después, la señora que les ayuda con las labores de la casa se fue a dormir, después de que comprobó que el niño estaba dormido, la señora le dijo que tipo de comida había para esa hora de la noche, se fue a su cuarto.  Fernando se puso la pijama, se metió en la cama,  puso una película, era viernes, el sábado podía despertarse sin prisa, empezó a verla, vio el reloj, su esposa llegaría sobre las doce, la reunión en su oficina debía hacerse esa noche y terminarían el trabajo ahí mismo para no tener que ir el fin de semana.  Fernando se quedó dormido, lo despertaron los gritos de la esposa, él no entendía, no sabía a qué se refería ella.

–          Con que así es, ahora te vas a los moteles.

–          ¿Cuáles moteles?  ¿De qué hablas?

–          Tu auto, yo lo vi salir de un motel esta noche.

–          Qué pasa amor, yo estaba en la universidad, llegué acá después de las diez.

–          Así, pues yo te vi salir a las ocho y media, no puedes negar que era tu carro.  Le hice una foto.

Fernando la mira, se levanta de la cama, le pregunta cómo hizo para tomarle una foto a su carro saliendo de un motel, si ella estaba trabajando en la oficina.

 

Oscar Vargas Duarte

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