LOTERÍA

Hoy como cada semana durante los últimos once meses Oscar ha recibido el billete de la lotería. Llega por correo certificado, un sobre sellado que tarda un minuto en abrir. Trae el plan de premios de la semana anterior y el billete que juega en el siguiente sorteo. El número no es el mismo, lo único que repite es el último dígito   ‒Nueve.  Los jueves juega la lotería de Bogotá, a él por algún capricho antiguo le gustan los números que terminan en el dígito Nueve.  Cuando obtiene alguno de los premios menores, que son mínimos,  va a la distribuidora que está cerca de la oficina, cobra el valor correspondiente, que en general es un billete o dos sin tener que pagarlos.  A los otros loteros les pregunta por Don Rosendo sin que obtenga una respuesta diferente a que viajó a cuidar a su madre que enfermó.  Ninguno de ellos sabe el lugar en donde se encuentra, parece que comunicaba muy pocas cosas a sus compañeros de oficio.

Los martes Don Rosendo iba a la oficina, la secretaria le servía un café a Oscar, mientras tanto él se acomodaba para lustrar los zapatos, ya dispuestos cada uno en su personaje hablaban de fútbol, lluvia, tráfico, política, en general de cualquier cosa, Don Rosendo era un lector habitual del periódico, desde la primera hasta la última página, eso incluía los obituarios.  Los dos hablaban con una inocencia tardía, creían que el otro conocía a los dueños de los nombres que aparecían en esas páginas, se  miraban con sorpresa de niños ‒Ni idea.  El café desaparecía al mismo ritmo en que Don Rosendo utilizaba sus instrumentos, al final, cuando los zapatos se veían pulcros, le pasaba el plan de premios de la semana anterior, Oscar lo revisaba contra el número del billete, cuando no había nada que cobrar, la mayoría de las veces, rompía el billete y lo lanzaba hecho una bola a la cesta de basura.
 

El 27 de Agosto de 2009, el número ganador de la lotería fue el 8579, en la serie 060, despachado a la ciudad de Montería, esto según el reporte oficial, sin embargo, por conveniencia de las distribuidoras, aunque el billete fue vendido para ser enviado a Montería, el distribuidor que tiene sede en Montería, reparte los billetes entre los loteros de Bogotá, donde por supuesto hay más mercado para que pueda vender todos los billetes.
Don Rosendo escuchó los números ganadores en la radio, en el programa de la madrugada, miró la lista de los números que había vendido, dijo un par de groserías, que luego repitió hasta que tuvo que sentarse en la cama y respirar profundo, porque se estaba ahogando.  Más tranquilo observó el número, pensó en el comprador, lo supo unos instantes después, tomó el teléfono, llamó a la distribuidora, nadie contestó, demasiado temprano, entonces fue rápidamente a la ducha, olvidó cepillarse, salió con sus instrumentos de trabajo, fue hasta la tienda en la que venden ‘chance’, la señora anota todos los números, le pidió prestada la hoja de anotaciones, confirmó que había escuchado bien, pidió un aguardiente, pidió otro, se sintió más calmado y se fue a trabajar.

 

Un día es tan largo como la ansiedad lo permite, eso pensó Don Rosendo al mirar el reloj tantas veces como se acordaba de que debía ir a la distribuidora de lotería a pedir el plan de premios, eso lo hacía siempre en las tardes, la tarde siguiente a la noche del sorteo.  Ese mismo día por la tarde en la distribuidora lo estaban esperando, le contaron que uno de sus billetes había sido el ganador, así que todos querían saber a quién y cuándo lo había vendido, él no supo responder, se notaba perturbado, ansioso y angustiado.  Solo respondió que no sabía, que debía ir a su casa a revisarlo todo.

 

Entre las calles once y catorce, por la carrera quinta del centro de Bogotá hay bastantes tipografías.  Don Rosendo pasó por varias, estuvo averiguando, en una le dijeron que podían hacer lo que él pedía, entregaban el trabajo el mismo día.  Se sentó a esperar, sintió la espalda húmeda, creyó que podía contar cada gota de sudor que le recorría la piel, hasta las rodillas estaban sudadas.  Recibió una copia del plan de premios, salió a buscar el bus que lo llevara a la casa, no durmió en el bus como lo hacía siempre, pasó por la tienda del “chance”, se tomó cuatro aguardientes, pensó en ir a la iglesia, ya era muy tarde, se metió a la cama, no pudo dormir.  Al siguiente día miró la copia del plan de premios, volvió a maldecir, esta vez no se ahogó, el número que aparecía no terminaba en nueve, así Oscar rompería la lotería, haría una bolita y la tiraría a la basura.

Las tipografías del centro están abiertas los sábados.  Don Rosendo se acercó, reclamó como si no fuese su culpa, el hombre que atendía le imprimió otro plan de premios.  El martes siguiente fue a la oficina de Oscar, cumplió con la rutina, lustró sus zapatos, habló de una cosa y de otra, sacó el plan de premios, se lo pasó a Oscar, él lo miró ‒Tengo el último dígito.  Don Rosendo le pasó un nuevo billete sin cobrarle.  Salió a la calle, estaba temblando, buscó un bar, se tomó unos tragos, se sintió tranquilo, miró el documento con el procedimiento para cobrar el premio mayor de la lotería.  Salió del bar, se fue a su casa, no pudo dormir.  Esa semana cumplió con los procedimientos para cobrar la lotería, le dijeron que debía esperar, todo saldría a su debido tiempo.  El siguió yendo a los mismos lugares, lleno de sudor y sed, era extraño sentirse así, el día en que le hicieron la transferencia del dinero se sintió aliviado, pasó a otra distribuidora, pagó la suscripción por ocho años, dio los datos de la oficina de Oscar.  Dos semanas después estaba viviendo en las Bahamas.

Oscar Vargas Duarte

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