Estuvieron sentados viéndose el rostro, a ella le gustaba acariciarle el cabello y besarle los ojos, él la sostenía de la cintura y jugaban a bailar sin música, también cerraban los ojos para escucharse, o solo se veían y hablaban sin que sus voces salieran de la boca, otro tanto se acariciaban las manos.
– Esta noche les diré a todos en la casa.
– Quieres que yo esté contigo ?
– Quizá es más apropiado que yo haga esa introducción, y este fin de semana preparamos una reunión para que todos lo sepan formalmente.
Sus palabras se apagaron porque encontraron uno y otro beso con el cual elevarse.
– Fuiste por los anillos?
– Sí amor, los traigo conmigo.
La tarde los acompañó hasta que la noche los cobijó con una luna blanca, la luna de siempre encandilando sobre lo ventana del motel al que iban cada semana.
– Me voy amor !!
– Me voy contigo !!
– jeje. Yo a mi casa y tú a la tuya.
Besos van, besos vienen como si jugaran a tocar sus lenguas en un encuentro de esgrima.
Esa noche, sentado en la sala de la casa, después de haberse tomado dos tragos de whisky le dijo a su familia que estaba enamorado, que el amor le había llegado de pronto, que lo pescó por ahí, aunque no le parecía adecuada la comparación les dijo, tal como se pesca un resfriado, uno va por ahí, estornuda una, dos veces y luego, está uno resfriado, enamorado en este caso.
Las preguntas caen, salen disparadas, se congregan, se repiten, las preguntas, todas ellas, quieren descubrir quién es ella, las preguntas se cansan de recibir la misma respuesta – Sabrán quién es ella este fin de semana, por ahora quiero que me den sus apreciaciones por este enamoramiento.
Mauricio observó la emoción de su familia, algunos de sus nietos que estaban presentes lo abrazaron y se mostraron felices con la noticia, después de tantos años de viudez había encontrado compañía, sin embago Mauricio sentía un prudente temor por la reacción cuando les presentara a la joven de 19 años de la cual estaba enamorado.
Oscar Vargas Duarte