Una hora, casi dos estuvieron hablando sobre el asunto, él no quiso explicarle cuál era la enfermedad que lo aquejaba

Él primero la convenció de viajar juntos por Europa y algunas ciudades de Asia. Varios días después le diría las razones por las cuales él emprendía ese viaje.

– Mira, la idea es irnos seis meses a pasear de ciudad en ciudad. Yo pago todo, para que no pienses que esto tiene intenciones ocultas, las reservaciones las hacemos para habitaciones separadas.

Ella había dejado el trabajo apenas hacía unos días, su novio había amputado la fidelidad para ponerle a cambio de alas, unos cuernos grandes. Conocía a Víctor desde la universidad, siempre había estado interesado en ella, pero una y otra cosa imprevista habían impedido que algún día siquiera intentarán un juego amoroso.

– Yo voy pero como dices, dormiremos en camas separadas. Me respetarás todo el tiempo, y quiero ver el plan de viaje.

El viernes, se citaron para ir a la agencia de viajes. Él le dijo que debía ser transparente con ella y para eso le contaría las motivaciones que lo impulsaban a viajar durante tanto tiempo.

– Tengo seis meses de vida. Unos días más tal vez, pero el séptimo mes no lo superaré. Debes comprender que me saciaré con felicidad y me llenaré de alegrías, si no encuentras objeciones al viaje sabiendo esto podemos viajar juntos.

Una hora, casi dos estuvieron hablando sobre el asunto, él no quiso explicarle cuál era la enfermedad que lo aquejaba, sin embargo, él le aseguró que de ninguna manera era contagiosa. La duda da una vuelta y se va, vuelven a firmar el acuerdo con un apretón de manos. Van por los tiquetes, confirman las reservaciones y antes de que lo noten ya han recorrido París, Barcelona, Lisboa, Madrid, Praga, Roma, Londres y otras ciudades que se les antojaron interesantes.

La cercanía los juntó por extraños laberintos, él no quiso dejar de pagar la habitación para ella, aunque ella después del primer mes se pasaba a su cuarto y dormía con él, despertaban satisfechos de sexo, con hambre para conocer nuevos lugares y sumar camas a su extraño amorío.

Toda cuenta tiene su fin. Seis meses después, él estaba dejándola en la casa, y se disponía a despedirse cuando ella empezó a insistirle nuevamente acerca de visitar más médicos, de tener otras opciones. Él, inmutable la escuchaba y volvía a repetir la respuesta, no hay remedio, solo ocurrirá. Al otro día, ella fue a buscarlo, cuando llegó al conjunto en el que vivía vio que estaba regalando todo lo que había en el apartamento. Ella creyó que eso era una locura, y lo fustigó con interrogantes acerca de su cordura.

Víctor le dijo que debía ir a una cita importante, que se apenaba con ella pero tenía que dejarla. – Yo te acompaño. – No, voy solo. Ella supuso que iba al médico que lo trataba y detrás del taxi que él tomó se fue en otro. Lo vio entrar a un lugar en el centro, no le pareció un consultorio, luego de un tiempo prudente ingresó, una cafetería, preguntó por el hombre que había ingresado, le dijeron que estaba en el segundo piso. Allí habían unos billares.

Subió a los billares, buscó entre las mesas, no lo vio, entonces se acercó a uno de los extremos en donde había una oficina. Escuchó gritos, lo escuchó a él, por encima de su voz estaba la de otro hombre.

– Yo te dije que si la deuda no era saldada antes de hoy te mataría.

Ella abrió la puerta, nadie escuchó cuando lo hizo porque cuando el cuerpo caía arrastró consigo una silla que se quebró en una de sus patas.

Oscar Vargas Duarte

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