que algo nos iguale

Desde las cinco de la mañana estaba despierto pensando en lo
que yo consideraba sería una vida nueva, en el fondo sabía que todos los días
construyen una vida nueva pero por motivos emocionales quise pensar de ese
modo.  Un buen baño que se extendió
muchos minutos más de los que acostumbro a emplear para limpiar el cuerpo,
cuando salí de la ducha el vapor del agua caliente había empañado el espejo, el
aire en el baño era una aproximación diminuta a lo que se observa en las
mañanas que paren neblina antes que sol. 
Recordé un viaje al pueblo en el que crecí y me dejé arrastrar un poco
por la imagen de una carretera que buscaba conectar los lugares por entre la
montaña, una víbora delgada atravesando el bosque, y nosotros sobre ella
cabalgando sobre ella.

 

Me afeité con tranquilidad, el agua caliente sobre la piel
abre los poros, de tanto haberlo escuchado lo creo y repito por costumbre la
acción, la cuchilla sube, baja, elimina los pocos vellos que crecen en la
cara.  Cuando estaba en la universidad me
permitía pasar días sin utilizar la cuchilla, igual no recuerdo que se notaran
tanto, hacía lo mismo con el cabello, lo dejaba crecer sin preocuparme por
peinarlo, el cabello mantenía desordenado, alguna amiga me decía que de ese
desorden salían mis imaginaciones.  Ahora
lo llevo corto, esta vez no tanto, desde que empecé a ser parte de la máquina
laboral perdí la libertad sobre el largo de mi cabello, siempre corto y bien
peinado.  La cuchilla sigue, como una
extensión de mi mano derecha recorre el rostro, ahora no se ven los vellos, en
el día crecerán nuevamente.

 

Me dejé vencer, quizá la fatiga por haber vestido corbata
durante muchos días me impidió salir sin una acordonada sobre el cuello, así
fue como terminé vestido como si fuese un día más de trabajo en una
oficina.  Tomé una caja que había
preparado el día anterior con zanahorias cortadas, con porciones de tomate y lechuga
convertida en fracciones, la caja plástica hizo parte de los objetos que
llevaba conmigo.  Al salir a la calle
pensé en que este era un nuevo camino, que empezaba allí sin que existiera
obligación de ser marcado por una línea que indicara en donde dar el primer
paso.   La case que había conseguido para
instalar la librería tenía un apartamento en el tercer piso, el cual conecta al
interior de la librería, claro que ese día yo quería llegar desde afuera, así
que salí a la calle di una vuelta hasta encontrar una panadería en donde aún
hoy venden un delicioso café campesino. 
Bebí el café y de pronto sentí que suspirar era un asunto obligatorio,
varios suspiros delataron un deseo que para mí era incomprensible en ese
instante.

 

Santiguarme es parte de mi religiosidad y lo hago cuando
considero apropiado pedir bendiciones.   Me paré enfrente de la puerta de la librería,
puse con firmeza la llave en la cerradura y abrí, sentí el aire comprimido
durante la noche, el aroma de la tinta y las hojas llovía desde las estanterías
hasta mi nariz.  Dejé la puerta abierta,
asumí que esa era la línea que unía el agua de río con la del mar, allí en
donde la puerta se abría comenzaba el mar, atrás dejaba el río que me había
traído.  Ya había practicado mentalmente
los pasos a seguir después de abrir la puerta, los sigo uno detrás del otro,
las acciones remedaron exactamente a la memoria.

 

Ana llegó unos minutos después, yo la vi entrar, un paso y otro,
traía una blusa blanca, detrás de la blusa frutas de las que me prendería sin
que yo lo supiera en ese momento. Una falda que bajaba un poco de la rodilla,
alrededor de la muñeca de la mano derecha una manilla de colores, unos aretes
que le hacían juego con un collar que se deslizaba hacia la inquietante
intersección de sus senos.

 

Ella saluda y obtiene por respuesta la cordialidad debida,
pasa hasta el cuarto en donde hay unos casilleros y otras cosas que en este
momento no recuerdo, allí dejó su bolso y pasó por enfrente mío hasta que
encontró lo necesario para hacer funcionar la máquina del café, luego siguió
con los otros productos comestibles que se venderían en la librería para
quienes decidieran leer un libro en las sillas adecuadas para tal fin.  Me trajo un café, sonrió mientras lo dejaba
en una de las mesas – sea usted mi primer cliente, fue entonces cuando tuve la
sensación de tener su sexo pleno frente a mi boca, cantó, el coro de una
canción cualquiera.  Me tomé el café y no
pude dejar de verla, aún no entraban clientes, vi que se fue al cuarto de
atrás, en donde quise organizar una pequeña oficina para hacer cuentas.

 

En el cuarto, como si supiera que yo la seguía y que solo
podría tener una razón para hacerlo, empezó a quitarse la ropa, se desnudó para
mí, me desnudó para ella, nos extasiamos y cuando el momento nos arrojó
cansados hacia el reposo, entonces me dijo, trabajaré contigo todos los días
solo si antes de iniciar la jornada somos el uno igual al otro, y lo único que
nos iguala es el sexo generoso entregado al otro y recibido con solidaridad de
culpa.

Allí viene ella con una blusa blanca y una falda que le llega a los tobillos.

Oscar Vargas Duarte

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