Lo único que podía quitarle.

Es una mañana de junio, escuchas el timbre en la puerta de tu casa y miras por la ventana para identificar a quien lo está tocando; me ves, no comprendes como estoy ahí, no se cuál es tu casa, no me has invitado a ella.  Vuelves al interior de la casa, te sientas en la sala, el timbre suena nuevamente pero tú lo ignoras, vas hasta la cocina, escoges galletas de chocolate y sirves un vaso de leche.  Buscas razones para entender mi presencia en la puerta de tu casa, es incomprensible, entonces, como muchas de las cosas en las que no crees piensas que es un sueño, una alucinación por culpa del cansancio.  Tomas rumbo a la cama, cierras los ojos, aleteas con tus párpados y buscas el sueño. El timbre es parte del silencio, sonríes, sales de tu cuarto, no hay cuarto, ventana, puerta, timbre ni cama.  Ahora estás delirando, no sabes por qué, ya no puedes volver a la cama, no encuentras la ruta a la sala o a la cocina. Este sueño no te gusta, cierras los ojos, oras a tu manera para salir de él y lo consigues mientras crees que mantienes tus manos en posición de plenitud y meditación.

Escuchas el timbre de la puerta, sabes que no sueñas, sientes la piel sudorosa y crees firmemente que has sufrido fiebre alta.  Buscas la ventana, miras hacia abajo, es el hombre de las flores, el que lleva varios ramilletes para que escojas y las pongas sobre una mesa que hay entre el comedor y la sala.  Con los días será un mueble más, pero los compras sin falta todos los sábados.  Estás a punto de abrir y notas que la pijama es aún la ropa con la cual viste tu cuerpo, te devuelves, cambias tu ropa por una blusa deportiva y unos pantalones grises.  Las flores anteriores pasan a la cesta de la basura, las nuevas se acomodan delicadamente en el lugar que les ha sido asignado.  No recuerdas el sueño, lo recuerdas y lo olvidas.  No sabes y no quieres saber acerca de tu sueño.  Vas a la ducha, compras todas las nubes y les expropias el agua, largos minutos, casi una hora dejando que el líquido se apile y caiga sobre tu cuerpo.

Preparas café, una taza grande que llena con su aroma el espacio que disfrutas.  No quieres recordarme pero la taza en la que bebes el café fue una que compré para tí en uno de los museos del centro. Recuerdas el momento, revives la discusión que se dio más tarde cuando yo quería caminar y tú escaparte en taxi a cualquier lugar.  Sigues con la taza de café, bebes pequeños sorbos.  Masticas un poco de rabia.  Te dejas llevar por recuerdos y caes rápidamente en la sonrisa. Escuchas el teléfono que timbra, sabes que no soy yo, sabes que no habría ido a timbrar a tu casa del mismo modo que no llamaría a tu teléfono.  Contestas, es tu novio.  Hablas un rato con él, se te olvida todo lo que habías pensado de mí.  Le prometes cumplir la cita.  Vas a tu closet y buscas ropa deportiva, vas con él a escalar en los muros que inauguraron en un centro de deportes extremos.

Al ponerte las medias observas una cicatriz que tienes en uno de tus pies, no puedes evitar pensar en la tarde que estando en la cocina dejaste caer un cuchillo y sin remedio su punta se clavó ahí.  Hubo sangre, tú llorabas y yo reía, yo lloraba y tú reías, hasta que no supimos qué hacer con la comida y solo estuvimos viendo tu pie toda la tarde.  En el espejo, por alguna razón aparece aún en la parte superior una foto mía, la que tomaste con tu celular y que luego imprimiste en el computador de la oficina.  No quieres quitarla, me tienes de cabeza.  Detrás de esa foto dice "tú no lo sabes, yo tampoco, pero desviaremos el camino antes de encontrarnos".

Tu novio es fanático de los deportes.  Adrenalina constante en todas sus invitaciones.  Piensas que estuviste durmiendo conmigo todo el tiempo, unas veces sentada viendo a los patos en aquel lago del parque, otras veces caminando por el centro en busca de nada y comprando a los vendedores de baratijas cuanta cosa inútil apareciera.  Tu novio te levanta antes de darte un beso, vuelve y te besa y te lleva con sus amigos. Ahí no estoy yo, no podría estarlo, ni siquiera puedes imaginarme ahí, sería un sacrilegio para mi pesadez de homo sapiens aburrido.  Buscas donde sentarte para ver a tu novio en acción.  Tu teléfono recibe un mensaje, lo miras y no es mío. sería tonto que te enviara uno.  Tienes experiencia cierta al afirmar que si estuviese a tu lado estaría leyendo un libro, o tal vez hablando de alguna idea sobre lo que se puede ver de las personas que se encuentran en el lugar. Tu novio da un grito de victoria.

Caminas hasta la cafetería, no aceptas el agua y pides café.  Tu novio habla y te entretiene, pronto irán a otro lugar a jugar bolos.  Te distrae, es maravilloso ver como te distrae.  Sigues su ruta, te diviertes. Una de las personas que atiende el lugar tiene unos zapatos como los míos, los reconoces porque tú los escogiste.  Sabes que los llevo puestos todo el tiempo, un par de zapatos hasta que se acaben.  Cuando el hombre se acerca, mientras que tu novio y sus amigos se divierten con el juego, le preguntas donde los compró, él te dice que los ha encontrado en la calle, le parecieron buenos y además le gustaron mucho por estar desgastados.

El hombre se va hacia la barra, tú lo miras extrañada, como es posible que alguien se ponga unos zapatos que encuentra en la calle.  Ahora vas hasta la barra, no es tu turno para jugar y te excusas diciendo que vas a preguntar por alguna cosa.  Encuentras al hombre, lo interrogas nuevamente, él insiste en que los encontró en la calle, tú lo vuelves a cuestionar hasta que él sintiéndose molesto te dice; había un hombre colgando de un árbol, sus zapatos eran lo único que podía quitarle.

Oscar Vargas Duarte

Un comentario en “Lo único que podía quitarle.

  1. ¡Excelente!; en verdad es usted un gran poeta; su primo, Miguel Andrés, me lo recomendó. Y ahora que leo sus escritos prosados veo el eximio talento. El final está espeluznantemente tierno. Y toda la urdimbre del opúsculo está casi perfecta. Ya sé que no me conoce; pero piense por un momento que somos amigos, y déjese dar un apretón de manos…. Felicitaciones.

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