Aún no son las cuatro de la mañana

Aún no son las cuatro de la mañana, doy giros en la cama, desde una orilla a la otra, extiendo un pie fuera de la cama como si estuviese tomando muestras del aire.  A mi memoria vienen imágenes, como cuadros, como filminas que se reproducen un segundo y desaparecen.  Rebeca es un ángel impulsando una carreta en la que yo viajo, los caballos la aman y le temen. Me duermo, no me duermo, ese es el verdadero dilema. Las imágenes caen como hojas otoñales, una furiosa reproducción de inexistencias que se formaron por la suceción de cadenas químicas en algún lugar del cerebro.  María me observa desde la esquina del sofá, yo estoy en la otra, trato de acercarme, ella lo hace igual, nos alejamos nuevamente, reímos, hemos descubierto un sofá mágico.  Nos lanzamos aviones de papel con poemas.  Presiento a Rosario abrazándome, ella ajusta mi cuerpo a la mejor posición sobre la cama, estoy quieto, me dejo rodear de sus brazos, duermo, duermo unos minutos, largos minutos, sueño.  No recordaré el sueño, me despierto con esa inquietud. No se nada de Rosario, se ha marchado, seguro volverá después de un rato.  Ella me alivia, me sana.  Hay un vampiro en el techo, no quiero verlo, se que está extendido de extremo a extremo.  No escucho gatos, nunca escucho gatos a esa hora.

La sábana está roja, grandes lagos líquidos se trasladan entre los meridianos de la cama, el río que los forma se derrama desde la mano izquierda.

Oscar Vargas Duarte

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