Sueños de sábado

Me desperté un par de minutos después de las cuatro de la mañana, en el ambiente se recogía fácilmente la pronunciación silenciosa de una respiración a mi lado.  Di un giro y aún sin tener una visión clara acerca de los objetos a mi alrededor pude observar a una persona recostada en el la otra orilla de la cama. Cierro y abro los ojos un par de veces, vuelvo a mirar y aún con cierta duda creo que una mujer está a mi lado.  La primera certeza mental que tuve a esa hora fue que la inanición sexual de los últimos cuatro meses me hacía alucinar y suponer que a mi lado una mujer dormía placenteramente esperando a ser despertada por mis instintos nocturnos.  Di un giro hacia el otro lado de la cama con la intención de volver al sueño pero la respiración me hizo comprometerme con la realidad.  Una mujer duerme a mi lado; yo recuerdo sentir como se ensombrecían mis ojos sin que tuviese compañía para dormir en mi cama.

La única solución razonable que se me ocurre en ese instante, en que ni siquiera he despertado bien, aún me siento como sonámbulo, pienso que es una amiga de mi hermano, así que le indico que se levante, ella lo hace y la conduzco hacia el cuarto de él.  La muchacha me habla, apenas le entiendo.

– Es que tengo rinitis y estaba buscando el baño.
– Sí, mira el cuarto de mi hermano está ahí.

Abro el cuarto de mi hermano, hay dos cuerpos en la cama.  Deben ser mi hermano y la novia.  Miro nuevamente a la muchacha y le digo que me de un momento mientras tomo algo en la cocina porque tengo sed.  Damos unos pasos hacia la cocina, al dar un giro ella puede observar la sala.

– Ya se donde estaba durmiendo – Me dice ella al ver las sábanas acomodadas sobre el sofá grande.

En ese momento observo la figura femenina caminando; es una figura extraña, parece que tuviera unas piernas gordas y su forma fuese cuadrada.  Me voy a la cama y apenas me recuesto vuelvo al sueño sin más interrupciones hasta las nueve de la mañana.

Hay un lugar cerca de mi casa en el que venden café, en un centro comercial, al que voy los fines de semana.  Compro el periódico o llevo un libro, las personas que atienden ya lo hacen con la familiaridad que se logra cuando lo reconocen a uno por ser cliente habitual.  Un café, el periódico, leer, beber café, ver hacia las otras mesas, hacerle gesto de comprensión a la mesera cuando viene a limpiar mi mesa; ser el observador y ser observado.  Hay una mesa a mi derecha en la que hay tres hombres y una mujer, son los mismos tres hombres que regularmente veo ahí.  Supongo que ya me reconocen a mí como compañero de sitio, así como lo hago yo al verlos.  Creo que son proxenetas, siempre vienen mujeres jóvenes, nunca vienen los mismos tres pero uno de ellos si lo hace.  Se toman un café, miran una carpeta que la mujer lleva y le hacen preguntas acerca de la disponibilidad de tiempo.

Las mujeres siempre llegan al lugar antes que ellos.  Me he fijado algunas veces y siempre están viendo desde lejos.  Cuando están con ella le preguntan extensamente acerca de su vida. Pareciera que la entrevista fuese para trabajar con una entidad de seguridad máxima.  La muchacha que atiende el lugar ha hablado conmigo sobre ellos, ella sospecha lo mismo que yo.  Hoy no tengo mucho interés en tratar de oír la conversación.

Pido un café para beberlo mientras camino hacia el apartamento.  La calle está llenándose de vendedores ambulantes.  Hay un hombre con una edad considerablemente cercana a la vejez que vende objetos viejos, dañados, yo me paro a observarlos, algunas veces pregunto el valor de algún objeto, nunca compro, él señor ofrece lo innecesario para que uno compre como si fuese un objeto de lujo.  Hay dos mujeres que venden elementos para hacer masajes, todos de madera, las dos siempre van con escotes, a mí me gusta verlas, tienen un par de senos aún firmes.  Caminar con un café en la mano mientras su aroma aparece y desaparece me genera una sensación muy agradable.

Apenas quedan un par de calles para que el edificio en el que vivo sea un ser gigantesco a mi lado.  Mi hermano y su novia vienen caminando, los reconozco, ellos igual a mí, comienzan a reír, junto a ellos viene una mujer, una hermosa mujer que ríe con ellos y como si fuese tímida se oculta detrás de mi cuñada al notar que la proximidad entre ellos y yo nos obliga al saludo.

– Te presento a E****.  Creo que ya la conoces
– Hola, cómo te va. Ya se quien eres.
– Me apeno mucho.
– No hace falta que solo estuviste un rato ahí.
– Claro que sí, fue vergonzoso, pero es que no sabía como volver a donde estaba durmiendo.
– Más vergonzoso para mí es haberte sacado de mi cama, es un pecado hacerle eso a una mujer tan hermosa.

Esta vez río con ellos. Me invitan a desayunar pero les digo que solo será café por este día. Se ofrecen a traerme un vaso de avena con galletas, acepto con gusto.  E***** me pregunta si me gustan las chocolatinas, le digo que sí, entonces promete disculparse por su atrevimiento trayéndome una.  Mi hermano le dice. – Llévale arequipe, con eso será suficiente, más que la chocolatina con el arequipe harás que olvide cualquier mala impresión que él tenga de lo ocurrido.

Vuelvo al apartamento.  Cinco pisos, no se cuántos escalones, llego cansado y sin pensarlo dos veces busco el sofá y me acomodo extendiendo las piernas y ubicando un cojín debajo de mi cabeza. La tibieza de la sala y el ruido de los autos van arrullándome, me quedo dormido, medio dormido, mal dormido, presiento los sonidos como si tuvieran sabor, doy vueltas en el sofá, puedo caerme en cualquier momento. Es mejor tomar una decisión rápida e irme a la cama. Me levanto y camino, uno, dos, tres, cuatro y más de diez pasos hasta la puerta de mi cuarto, voy hasta la cama, una mujer está sentada ahí, aún con pijama.

– Crees que dormiste con ella? Yo estaba antes de que llegara y la muy puta me despertó para quedarse contigo.  Claro a mí no me sentiste en toda la noche, pero apenas ella respiró en tu oreja te despertaste, pero a mí que duermo helada de muerte todas las noches a tu lado no me notas.

Oscar Vargas Duarte

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