Alucinaciones

Ahora el café está frío. El aroma es impreciso y cualquier presunción de haber estado tomando café podría considerarse una mentira.  La lavadora está obligada a dar un par de ciclos más, en la calle el camión que recoge la basura pareciera recoger las quejas de su conductor y grita con su voz de camión grande.  Estoy en el mismo cuarto en donde hace tiempo te desnudazte para mostrarme que tenías algún tipo de alergia y que sentías picazón por todo el cuerpo, ese mismo lugar en el que me has vencido, donde después de haberme consumido en tu piel, me dejas dormido, mientras tú te vas al balcón a fumarte un cigarrillo.  Me duele el pie, un dolor que se me antoja delicioso al comienzo pero con los segundos se vuelve insoportable, el golpe que me dí al meterlo en el hueco que había en el parque fue más fuerte de lo que presentí.  No se donde está la música, se que me regalaste unos discos con música alegre pero no la encontré, juro que la busqué incluso debajo de la cama.

Iré por el desayuno a la panadería acostumbrada, tomaré caldo, con huevos, pan y chocolate.  Llevaré el periódico y estaré ahí más de una hora.   Sabes que siempre te espero ahí, es como si quisiera que todas las veces fuese aquel primer encuentro cuando entraste a buscar el pan para tu desayuno y yo solo te veía perseguir el aroma de los más frescos.  Fue un día hermoso.  Tú llevabas un pantalón azul y una blusa blanca, en la mano tu celular, las llaves, y otros objetos que la memoria se los ha robado.  Pasaste junto a mi mesa y como si creyeras que todas mis respuestas serían ciertas y por tanto tus decisiones las harías a partir de mis palabras me preguntaste  – Ese es un buen pan, cree que puedo llevarlo para mi desayuno?  No podría ser otra mi respuesta – Es un pan fresco, sin embargo, mejor sería que desayunara aquí, el chocolate es espeso y sabroso, los huevos los preparan al gustoy me haría feliz tener alguien con quien compartir el desayuno.  Me ignoraste a partir de mi comentario.  Cinco semanas después volviste a la panadería, todas las mesas estaban ocupadas, ese día si querías desayunar ahí porque en tu casa la cocina había sido invadido por el aroma de un detergente con el cual habían lavado el piso, estabas herida en tu sentido del olfato.

El mesero te ofreció esperar mientras alguien terminaba o compartir la mesa con alguien que ella considerara podría sentarse.   Tu voz fue simple como la luz del sol, aún sin verme la cara que se cubría por el periódico dijiste – Puedo sentarme en su mesa, mientras hago el pedido y el mesero me consigue otra mesa? No se quién de los dos se sorprendió más, pero tú trataste de buscar otro lugar con tus ojos y yo de contestar de manera cortés y generosa.  Después de algunas frases adicionales estabas sentada en la mesa pidiendo lo mismo que me habían servido.  Te ofrecí parte del periódico que estaba leyendo, no quisiste al comienzo pero la demora del mesero en traer tu pedido hizo que tomaras una de las secciones.  Luego supe que te gustaba leer para compartir tus impresiones, eso hizo que empezara a abrirme para tu amor, apenas terminaste de leer un artículo lo comentaste para mí, me preguntaste mi impresión y yo, que lo había leído, aproveché para repartir palabras que se desprendía de mi boca como ruidos doloross en días de truenos.  Dos horas después habíamos desayunado, leído el periódico y hablado de un par de artículos publicados en él.

Te levantaste antes que yo pudiera inventar una excusa para seguirte.  Cuando yo fui a la caja a cancelar me dijeron que tú habías pagado todo.  Fueron días hermosos aquellos en los que nos encontrábamos para desayunar.  Un día encontramos cupones para ir a cine a ver la premier de una película nacional.  Tu sed por seguir comentando cosas te hizo proponer una salida en compañía a ver la película, eso sí, dijiste que irías con un amigo y que yo llevara a una amiga, no saldrías sola conmigo porque no era alguien a quien reconocieras con absoluta confianza.  Algunas escenas de la película tenían momentos románticos que te impulsaron a tomarme la mano, no se por qué ni para qué, tú lo negaste todo al salir.  Cenamos en un restaurante cercano a la sala de cine, mi amiga rio con tanta energía que nos contagió a todos y pareciera que eso ayudó a que te desarmaras para conmigo.

Más desayunos. Más cine. Una noche te quedaste en mi apartamento, otra noche, más noches.  Tú pensabas en el matrimonio, con todos los ritos que conocías, yo le tenía miedo a esos rituales y quería evitarlos.  La noche que me mostraste las marcas que te estaba dejando la alergia y tu sensación de calor insoportable debí ponerte una sábana para proteger tu desnudez, tú no soportabas ni siquiera el roce del aire.  La ambulancia tardó unos minutos, luego en la sección de emergencias de la clínica me pidieron llenar formularios interminables.

Ahora que estoy en el cuarto en donde contemplamos el amor en nuestros cuerpos, y mientras veo las fotos de nuestro matrimonio, te recuerdo, te recuerdo y se que apenas tengo unos minutos para salir a buscarte.

Oscar Vargas Duarte

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