Tres puntos suspensivos

Yo no pintaré esta noche sobre el lienzo que inicié el otro día en mi jornada normal de pintura, no lo haré, tú asesinas cualquier idea que pueda sugerirse de tí misma para componerse en un cuadro.  No recogeré periódicos usados al final de la tarde para regalarle a los que viven de recolectar basura para venderla como objeto de reciclaje. La calle dormirá sus luces y yo trasnocharé la ilusión de retornar al camino que da a la montaña en donde la estrella existe.  Ella no comprende que la naturaleza no es higiénicamente saludable, cada apertura de un pensamiento está lleno de oscuridad e hilaridad oculta.

Afuera hace frío, adentro también pero no importa si todos creen que la pared nos cubre y protege.  La radio repite la misma canción de la noche anterior, al parecer en el mismo golpe de reloj.  Una mujer que aparece en el televisor me parece hermosa, su vestido rojo con luces blancas la hace lucir muy linda.  Un trago en su mano izquierda me recuerda a las diosas de la mitología que mantenían a disposición de los humanos creyentes cualquier objeto de su deseo para seducirlos.  Los fantasmas de la casa ingresaron a través de la puerta.  Hablan entre sí sin reconocer sus voces, solo hablan, parece que se miran pero no lo hacen.  Los presiento, estoy en la sala y se que pronto estarán girando a mi alrededor.  No los soporto pero hoy debo aceptarlos.

Estoy solo, y cuando la soledad se complace en uno solo los fantasmas se aparecen, vienen de otros tiempos, de una sensación profunda que nos hirió hace mucho o de un lugar al que no queremos ir mañana, o es una personalidad con la cual no queremos participar del mundo.  Yo te sigo, eres la tierra que llena de aroma cualquier inquietud que tengo del futuro, pero no estás, no comprendes que tus espasmos racionales son el abismo que me sujeta en el vacío del no entendimiento.  No sabes de mí más de lo que quieres saber de las hormigas que se desplazan entre un grano de azucar y una gota de miel.  Temes aprender de mí, no comprendes mi dolor y la pasión que se amontona en mis ojos es una nube oscura de la cual no quieres saber nada.

Hoy viste tus senos en tu espejo, los cubriste con tus manos y pensaste en mí, en el absurdo silencio que sigue a mis pasos, en la congregación de abecedarios que jamás comprenderás porque temes a la entrega.  Me has visto ebrio, habiendo desayunado apenas una hora de sueño y continuando sobre la botella de whisky insistente hasta ser tan horizontal como el piso asfaltado de la calle imaginaria que es atravesada por monstruos en mi cuarto.  Me estás matando, no lo sabes, no quieres saberlo.

Ayer recogí la madrugada en un bosque pálido de niebla, una invitación al sacramento de la pureza me seguía, solo podía pensar en tí y en el bosque rancio con el cual te cubres. Ayer, como esta noche en la que los fantasmas son todos mis yo al mismo tiempo, ayer como hoy volví a la muerte simple, esa que les es permitida al silicio que se aferra a la ventana.

Sabes en que parte de tu cuerpo escribiría mi nombre con el labial que guardas en tu cartera, sabes acaso si el enojo que me cubre cuando la montaña de autos se engloban en la calle y no puedo perseguir el verde del semáforo.  No lo sabes.

Nada en tí me reconoce, ni siquiera tu odio.

Oscar Vargas Duarte

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