Afeitaste mi rostro un sábado

Era sábado el día que te fugaste de tu casa, te escapaste de la saciedad con la que tu esposo se cobijaba en tu cuerpo, viniste un poco tímida y otro tanto atrevida.  Sentada en la sala esperaste a que preparara un café para invitarte, yo sabía que no lo tomarías y lo dejarías enfriar un poco para que después de beber el mío me tomara el tuyo.  Antes de salir de tu casa, mientras pensabas en mí, la humedad entre tus piernas fue llenando de ausencias a la sequedad.  Turnabas pensamientos de miedo con sueños de amor.  No te fugarías de la vida en matrimonio que llevabas, solo te escapabas por un rato a jugar entregar tus dudas a las mías, solo venías por jugar.

 

Te sentaste sobre mis piernas, tomaste el agua tibia y la esparciste en mi rostro, dejaste besos en mis mejillas e ignoraste gentilmente mis labios.  La espuma de afeitar fue primero un juguete en manos de niños, dejaste mi nariz coronada por espuma, pusiste en mi s orejas y me hiciste barba como la de Santa -Claus.  Al principio temías cortarme la cara, la cuchilla temblaba en tus manos y yo tranquilo reía mientras metía mis manos en tu espalda.  Tu risa y la mía, mis cosquillas y las tuyas.

 

Mi barba, unos pocos vellos que se aglutinan entre las mejillas y la quijada, unos pocos vellos que fuiste desapareciendo de mi rostro.  Sonreías tímida y nerviosa, sonreías feliz de saber que compartiste en ese instante todas mis mañanas solitarias sin tener quien me dijese que al afeitarme me hicieron falta vellos por cortar.  Al terminar fuiste por la colonia, primero te aplicaste en tu ombligo luego me dejaste la cara impregnada con el aroma correspondiente.  Volviste a besar mis mejillas, luego te abrazaste a mí y me pediste estarme quieto hasta que tus lágrimas se secaran sobre mi cuello.

 

Tomaste el labial que habías traído en uno de tus bolsillos, con él escribiste en mi pecho mi nombre y luego, tapaste mis ojos obligándome a la promesa de no abrirlos, entonces, levantaste tu blusa y con tus senos desnudos te apretaste junto a mí.  Unos minutos así, estrechados sin fatigas o desenlaces o deseos insatisfechos.  La blusa volvió a su lugar, entonces me dijiste, tu nombre está puesto al revés en mi piel, como cuando tú reclamas yo me estoy yendo y cuando tu vas yo me apego a tus palabras que ya no están.

 

Era un sábado el día en que me afeitaste el rostro y te fuiste a tu casa con mi nombre impreso al revés sobre tus senos, como estaban al revés nuestros deseos y desvaríos, persiguiéndonos en las horas en que la inquietud debe estar tranquila y la voz agria de calenturas debe callarse mientras otros se atreven a hablar.

 

Oscar Vargas Duarte 

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