El desayuno del domingo

Ahora que saliste a desayunar y sin notarlo ignoraste a la mujer que se sentó en la mesa de al lado, no viste que ella llevaba el sostén del modo contrario, las copas atrás; no lo notaste, te perdiste de verlo por estar observando al hombre de bigote que atendía las mesas y preguntaba por los pedidos de los clientes.  Nadie más en el lugar tenía bigote, solo él, una especie de nube en el cielo claro o un iceberg en lo más ancho del líquido mar.  Varias veces intentaste descubrir en los demás un asomo de bigote, no lo encontraste, no eran lampiños todos, solo bien afeitados.  Pediste un chocolate con pan, le advertiste que pasara luego, por ahora solo pedirías eso.  Cuestión de moda fue la razón con la cual resumiste tus observaciones sobre  los bigotes.  Tu padre no conserva fotos de cuando era joven, sin embargo, por narraciones de tu madre sabes que siempre estuvo  bien afeitado.  Tú mismo, no llevas bigote porque ninguno en tu oficina lo hace, ninguno de tus amigos, es como si fuese una parte del cuerpo en vía de extinción.  Cuestión de moda vuelves a repetir para tus adentros.  El chocolate desaparece al mismo ritmo con el cual lees las hojas del periódico del día domingo.

En el periódico las fotos repiten la misma sensación que tienes sobre el bigote, ves a algunos que los tienen, te das cuenta que no son muchos.  No sabes si es sorprendente el hecho de que una adición natural del cuerpo sea cortada por razones sociales, crees que la publicidad es la que ha creado esta manía y por supuesto consideras que es una maquinación de la industria de las cuchillas y espumas de afeitar que promueven las caras sin vello.  Más chocolate, más lecturas que se desvanecen sobre el periódico.  Piensas en las mujeres que tienen propensión a la aparición de vello en su rostro, sonríes tristemente de pensar en la presión social que debe existir sobre ellas, luego piensas que tampoco te dejas el bigote o la barba sencillamente porque en tu círculo social – que para tus adentros es un círculo vicioso – nadie se permite dejarlo crecer.

No has sumado cifras acerca del costo de mantener la cara afeitada, piensas que una cuchilla tiene un valor comercial de un dólar americano, si hay un millón de personas, y hay más de hecho, que se afeitan y utilizan una cuchilla al mes, este pequeño negocio produce ingresos por un millón de dólares, ahora, junto a las cuchillas están la espuma de afeitar, la colonia y alguna que otra crema para evitar la irritación de la piel.  Piensas en los que utilizan máquinas de afeitar eléctricas, en los que van a la barbería a que les eliminen la prontitud de la barba.  El chocolate se está poniendo frío y solo queda de él un pequeño sorbo, el periódico no ofrece más artículos que te animen a seguir con la lectura.

Recuerdas que tienes un vicio con las amigas que se antojan de satisfacer contigo una apretada noche de cama, entonces, cuando ellas son más complacientes les pides que se dejen afeitar su vello púbico y traes de tu baño la cuchilla y la espuma de afeitar, te diviertes con ellas y ellas contigo, luego sabes que debes aplicar crema para evitar la irritación, así vas entreteniéndote  y buscando un sabor diferente a tu noche de sexo.  Unos días después sonreirás con tu creencia de que al salirles el nuevo vello tendrán picazón y te recordarán un poco con odio y otro tanto con sorpresa.

La mujer de la mesa de al lado ha pedido huevos con cebolla y tomate, tostadas, jugo de naranja, mermelada con el pan, ha pedido que le traigan también un café oscuro y si es posible que le faciliten el baño.   La miras, no te habías fijado en ella, ha de llevar bastante tiempo ahí porque se estaba quejando de haber sido atendida de última.  Ves como le indican el lugar en donde se encuentra el baño, te parecen extraños los dos montes que lleva en su espalda, notas la desnudez de sus senos y la extraña forma en la que lleva el sostén, no lo comprendes, ni siquiera te haces una idea del asunto.

Miras al hombre del bigote, lo sigues con tus ojos, estás absolutamente alerta a sus movimientos, quieres descubrir cuando tenga un descuido para salir sin ser visto porque hoy no tienes con qué pagar tu desayuno.

Oscar Vargas Duarte

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