Un texto, por fin un texto

Lo conocí después de atreverme a ir al lugar  en el que anunciaba el clasificado del periódico que vendían libros, toda una biblioteca, con la condición de que debía ser comprada por un único comprador.  Animado bastante con la idea de acumular libros para colocar en los estantes de la biblioteca que había construido en uno de los cuartos de la casa, salí hacia el lugar que referenciaba el aviso.

 

El señor acusaba el cansancio propio de los años, hablaba despacio, más bien esperaba que yo ofreciera alguna conversación para a partir de ella tomar la delantera y hacer negocios.  Una señora llegó mientras estábamos hablando, ello le hizo una oferta monetaria que a mí me pareció ostentosa, yo no podría pagar ese dinero aunque me tentara la idea de tener los libros que el hombre había acumulado toda su vida.

 

Se negó rotundamente y le pareció ofensivo.  Le pidió que se retirara.  Me miró a la cara y entonces me dijo, tengo fe en que usted será quien me ofrezca lo que espero me den por esta biblioteca.  Lo miré directo a los ojos, hice un gesto con la boca y luego le dije, pasaré por usted a las 8 de la mañana, tomaremos café en el centro, caminaremos un rato, quizá nos sentemos en una de las sillas de alguna plaza.

 

Al final del día, cuando ya estén cerrando la biblioteca central iremos juntos, tomaremos un libro, leeremos algún ensayo corto y mientras el lugar se va quedando en silencio le cortaré las venas y lo dejaré durmiendo entre las novelas de Madame Bovary.

 

 

Oscar Vargas Duarte

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