En la academia los va uno reconociendo de a pocos,

En la academia los va uno reconociendo de a pocos, unas veces hablan de lo mal que son los profesores, de la mediocridad con la cual exponen el contenido de las clases, de lo falsos que son los amigos que les ha tocado por suerte.  Para ellos la nota es un asunto de altísima importancia cuando han pasado y quieren superar a otro, en el momento en que están en la mala, no importa la calificación que les coloquen porque es claro que mientras uno aprenda esos son asuntos que no cuentan.  Si alguien los rebasa en capacidades académicas, entonces refundan la vieja y conocida frase, el que es bueno en la academia no necesariamente es bueno en el trabajo posterior, claro está que si son ellos los que superan a los demás en habilidades académicas – generalmente ganadas con un alto sacrificio en las rodillas, exponen que es a los mejores de la academia a los que se les deben dar las más altas posibilidades para acceder a los puestos de trabajo mejor remunerados.  Así son desde pequeños, lo creo firmemente, yo no recuerdo como eran mis compañeros de estudio en mis días de infancia, pero seguro ya podría uno identificarlos.

 

Muchas veces el mundo se pone de su lado, eso es cierto muchas veces, pareciera que al no podérseles pedir eficiencia entonces el mundo decide suplir sus actividades con otro y no invertir siquiera un instante para pensar que hacer con ellos, porque no cambiarán nunca.   Yo recuerdo un compañero de estudio que siempre se consideraba mejor que los profesores, no importaba de qué se tratase el tema o la profundidad con la cual debía tomarse, para él el profesor sabía menos que un niño de preescolar, en cambio él, en un programa de televisión había visto y entendido más que en todas las clases a las que había asistido.  Cuando empezó a trabajar hacía menos que los demás, pero se la pasaba con los gerentes y coordinadores de los equipos de trabajo, unos porque se lo hicieron de amigos, otros porque sabían que no haría la tarea completa lo asignaban a tareas de dudosa intensidad, de las cuales hablaba como si estas fueran “l eje central a partir del cual se construía la cadena de valor que entrega utilidades al accionista”.  Ellos no entienden lo que dicen, pero se aprenden cuanta frase pomposa dicen los que están a su alrededor y las repiten aún sin que puedan ser parte del contexto en el que se encuentran.

 

Ellos creen en la frase que dice, Usted puede ser lo bueno que quiera ser, y ellos saben que entre menos buenos y más mediocres sean es mejor porque el mundo se hace de mediocres para que los avaros de éxito puedan pasar rápidamente a liderar la cúspide del poder.  Yo conocí a uno, de manera muy cercana, que en la medida en que no le pedían esfuerzos se acomodaba mejor, y eso sí, hablaba de tal manera que alguien que no lo conociera diría que era una persona brillante.   Para quienes no los conocen y tienen una charla con ellos les puede parecer que estas personas están siendo desperdiciadas en su valía y que si estuvieran trabajando con ellos aprenderían muchísimo.  Esto también me sorprende, la capacidad que tienen para mimetizar su mediocridad.  Esto debe ser culpa de los padres porque son ellos los que nos permiten acomodarnos sobre la ternura de la paternidad para esconder los errores a los cuales nos acostumbramos.

 

Una vez fuimos a un burdel con varios de ellos, se sentaron y preguntaron por el precio de cada una de las bebidas, de las más caras empezaron a dudar de la autenticidad de esos licores, sobre las que menos costo debíamos pagar hicieron observaciones acerca del gusto por otro tipo de bebidas que ahí no encontraban.  Al final, después de obligarlos a decidirse, optaron por decir que ellos preferían no tomar en ese lugar, entonces un amigo y yo pedimos el que más nos gustaba.  Apenas llegó la botella empezaron a beber de la misma sabiendo que ellos no darían una moneda para colaborar con el pago que al final de la noche deberíamos cancelar.  La conversación es una especie de liturgia en la que todos los humanos nos congregamos, así inició aquella noche, una conversación que se extendía entre puntos lejanos y luego volvía a ser un pequeño mundo de pigmeos.  Las mujeres que trabajan en el lugar se acercan, su aproximación se hace con el tacto que da la experiencia, con una delicadeza que no permite negaciones.  La conversación con ellas es diferente, se hace sobre la piel, entre perfumes y sonrisas.  Cada uno busca aquello que no le pertenece, mete la mano en el bosque que nos sería prohibido en otra condición, ellos se comportan tímidamente.  Incluso se ven tiernos tratando de alejarlas.  Ante la pregunta insistente de los que nos hemos desparramado sin vergüenza sobre los lugares públicamente expuestos por las visitantes, ellos contestan que eso es un asunto que les parece indigno.  Durante un rato los ignoramos, pero al volver a verlos están en la pista de baile, cada uno con una mano oculta bajo la piel de la mujer que los acompaña en el ritmo acompasado de la música.

 

Un rato más tarde, están dando sermón a las mujeres, pero al mismo tiempo les están metiendo mano debajo de la ropa.  Con la mano pecas, con la boca rezas.  Linda manera de vivir.  El licor se evapora cuando estas mujeres se acercan, es casi de imaginación, ellas pareciera que se toman pero el licor va descendiendo su nivel en la botella.  En esta ocasión los acompañantes ayudan, y bastante.  La botella se termina y sin que se les ocurra preguntar quién pagará el valor de la siguiente botella, ellos levantan la mano e indican al hombre del bar que les envíe una que sea de la misma calidad.  Ahora resulta que el trago si es bueno, y no se detienen a pensar que al final de la noche las billeteras serán responsables de que se nos permita salir.

 

La moralidad no es un asunto sobre el que se pueda hablar con claridad y franqueza cuando ese tipo de sitios son parte de la rutina, todo lo que se pueda decir es usado en contra.  Al final de la rutina en el lugar, varios de ellos visitan las cuevas de las mujeres con las que estaban bailando, no les importa nada en ese momento, van y “se las echan al plato”, lo quieren sacar gratis, pero deben pagar, a estas mujeres les toca duro y no se prestarán para ser juguetes sin cobro.  La salida es complicada, obligarlos a que suelten un billete para colaborar con el gasto de la noche no es fácil.  Pagamos.  Ellos llevan el cabello húmedo, hablan de estas mujeres que cobran por algo que no merece mencionarse y su manera de hacerlo es vergonzosa, critican descaradamente el comportamiento de ellas y les anulan toda consideración de decencia que se debe tener con cualquier persona.

 

Hace tiempo mi jefe, que tenía el mismo perfil que he mencionado se hacía el gato con las compañeras y les maullaba o lamía según ellas evitaran su presencia.  Se sacrificó por varias, según él decía, una vez en el sótano, otra en la oficina, en una hora nocturna de solitaria obligación, en su carro e incluso alguna ingenua lo llevó al apartamento propio para que este imbécil le desvistiera incluso la soledad y el deseo por compartir las noches.  El tipo las presionaba, ahora se llama acoso sexual, acoso laboral, cualquier acoso, y luego de que las iba presionando les dedicaba tiempo para consentirlas, así, ellas de manera ingenua, caían redonditas para luego ser absorbidas en un mundo en el que se convertían en objetos.  El tiempo de vida útil del objeto era proporcional a la medida con la que otro interés apareciera en la vida de mi jefe, así que las mujeres pasaban de ser un interés profundo a una circunstancia insignificante.

 La importancia de que el tipo este se las embolsara no está en que ellas cedieran, si no en la manera como hablaba de moralidad y respeto por el otro mientras se comportaba como un verdadero cafre con sus subalternas.  Ellos solo saben vestirse con este color que les permite ser unas almas para la devoción de creyentes y al mismo tiempo ser unos demonios abusadores.  En el fondo son unos acomplejados que requieren de la exhortación de sus defectos para asirse a las ilusiones de ellas de modo que puedan imaginar que están sostenidos por hilos hechos con la sustancia de grandes deseos, sin embargo, solo son unos cafres que no conocen la decencia y menos la misericordia.

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