el que la debe, la teme

Lo conocí en una clase, en la universidad.  Asistimos a una clase en la que los trabajos debían entregarse en grupos, integrados por cuatro alumnos según indicó el profesor.  Junto a mí estaban dos muchachos que ya se conocían, yo me acerqué automáticamente a ellos, y ellos cedieron espacio para que mi silla se acomodara a su lado.  Después del obligado ruido de las sillas moviéndose y las charlas improvisadas en cada grupo el profesor solicitó silencio, al que todos acudimos, mediante la mudez.

          Grupos de cuatro he dicho.

Nuevamente ruido por el transporte de sillas, arrastradas sus columnas sobre el esmalte de las baldosas.  Esta vez el silencio se originó por consenso, todos, como si se tratase de un convenio tácito nos obligamos a la quietud y observamos al profesor que miraba nuestro grupo.

 

          Ustedes cuántos son?

          Tres y el compañero imaginario.  Dijo alguien de otro grupo, impulsado por su facilidad para las bromas.

El profesor, sin alterarse, acostumbrado a comentarios como este, respondió que lo quería ver exponiendo la siguiente clase.

Eduardo ingresó al salón de clase y antes de que pudiera ubicarse en algún lugar varios compañeros dijeron que había llegado el compañero imaginario, por supuesto, él no entiende el comentario y menos las risas de todos en el aula.  El profesor lo mira, lo invita a seguir y le dice que por llegar tarde debe hacerse en nuestro grupo ya que es el único incompleto.

 

Eduardo le explica al profesor que la clase anterior era en otro edificio y el tiempo no fue suficiente para llegar a tiempo, ofrece disculpas por interrumpir y busca una silla.  Apenas la ubicó a nuestro lado preguntó por el chiste del compañero imaginario, le explicamos y no entendió.  Debimos insistirle en que le contaríamos con detalle al salir de clase.

 

Todos los trabajos de la clase los debemos hacer en grupo, el objetivo es descubrir y mejorar nuestras habilidades para trabajo en equipo.  Antes de salir de clase acordamos que nos turnaremos cada uno, así no tendremos que reunirnos.

 

          Quiénes quieren café? Yo invito.

          Cigarrillo también?

          Claro.

          Y de paso me cuentan lo del compañero imaginario.

En el camino a la cafetería lo pusimos al tanto, sin embargo, no entendió el chiste aunque insistió en que comprendía claramente que nos riéramos.  El pidió un café oscuro y los tres dijimos que igual, bueno, los otros dos compañeros pidieron cigarrillos y debimos salir a tomarnos el café en unas sillas afuera.

 

Mientras mirábamos a las compañeras y hacíamos comentarios fuera de tono y los cigarrillos se hundían sin misericordia en la boca de los fumadores, del mismo modo que el café repentizaba con su aroma para evitar ser sofocado por el aroma de los cigarrillos, así, mientras el tiempo se detenía para que observáramos tranquilos todo a nuestro alrededor, Eduardo empezó a contarnos por qué había llegado tarde a clase.

 

          No he dormido. Es por eso que llegué tarde.

          Mucho trago? O tenías gallina amarrada en la cama?

          Por qué piensan eso?

          Serían buenas razones para no dormir y llegar tarde a clase.

          Es que ni ganas darían de venir a clase

 

Los ojos de Eduardo se mueven y nos miran, nosotros seguimos viendo a las compañeras, algunas llevan ropa que las hace atractivas, otras son atractivas por sí solas, a algunas les criticamos algún defecto.  Unos minutos más nos mantenemos concentrados en sus cuerpos, escupimos una salvajada verbal acerca de sus formas o de lo que podría ser la intimidad bajo mujeres que acaban de pasar a nuestro lado.

 

          Es que tuve que hacer vigilia, porque fue luna llena.

          Qué?

          Las noches de luna llena son delicadas, es importante y obligatorio vigilar lo que ocurre en ella.

          De qué estás hablando?  Preguntamos al unísono.  – jajaja – Matamos un diablo.

 

La narración de Eduardo comenzó antes de que le pudiéramos ver el escote a una mujer que superaba fácilmente la estatura del más alto del grupo, verle el culo ya fue imposible.  Yo dije que si querían contar conmigo para escucharlo todo debería haber cerveza de por medio, de otro modo me iría en ese instante.

 

          Si tú invitas vamos ya.

          Yo no bebo licor, dijo Eduardo.

          Bebemos por ti, no te preocupes, incluso nos embriagamos por ti.

 

Tomando cerveza, yo, y aguardiente los otros dos compañeros, mientras él solo bebía agua me enteré de la historia completa, según nos lo hizo saber.  Para él fue un alivio y le pareció bastante curioso que hubiera podido contarnos todo sin conocernos, tal vez debido a la confianza entre desconocidos.

 

Llegó tarde a clase por estar vigilando el cementerio, según él las noches de luna llena algunos desconsiderados van y abren las tumbas con el objetivo de buscar dentro de los ataúdes algún objeto de valor que les represente un ingreso monetario al día siguiente.  Yo le pregunté que a él que le importaba que otros vivieran de las riquezas que los demás botan, entonces me contestó que el problema no era el robo, que había algo superior a eso y se debía a los muertos enterrados ahí.

 

La razón por la cual él llegó a participar de ese tipo de vigilia se debió a que una madrugada en la que él había terminado de jugar cartas con los amigos, por supuesto, el juego de cartas había estado acompañado con licor, cuando había despedido a los amigos y se disponía a dormir  apareció el abuelo materno llamándolo para que le ayudara con algo que debía hacer en la cocina.  El fue, diligente como corresponde comportarse con los abuelos, al llegar a la cocina, descubrió que había mucho barro, olor a tierra y en un rincón una mujer con la cara llena de gestos de terror, muerta, tan muerta como el abuelo que le estaba hablando.   La verdad, creí que la historia era una repetición de alguna película que Eduardo había visto y nos estaba “tramando a cuento”.

 

Según Eduardo, el abuelo desapareció apenas él recordó que ya estaba muerto, y decidió irse a dormir, creyendo que todo era efecto de los tragos que se había bebido mientras jugaba.  Durmió hasta pasadas las cuatro de la tarde, cuando el hambre por el desayuno que hacía falta y el almuerzo que nunca había llegado lo obligaron a pensar en salir a buscar comida en la cocina.  En el mismo lugar en donde había visto a la mujer la noche anterior estaba el cuerpo, con la cara de terror y los pies llenos de barro, incluso hojas verdes, aún, adheridas a sus brazos y manos.

 

Llamó a los amigos a preguntarles si habían pasado cosas raras la noche anterior y todos le respondieron lo mismo, nada nuevo  – nos limpiaste, todos perdimos contigo – pero todo bien.  No se atrevió a tocar el cuerpo, ordenó cada objeto de la cocina, limpió dentro de los límites que le permitía el cadáver, aunque realmente todo el tiempo estuvo concentrado en no perder la cordura.  Ese día no volvió al apartamento, fue a quedarse a la casa de un tío, fue a jugar con los primos en el computador, así se mantuvo alejado del lugar por 24 horas.

 

La puerta le pareció extrañamente grande, consideró que el silencio podría congelarse en sus oídos y dejarlo sordo para siempre, la llave que debía girar suavemente se negaba a dar la vuelta para abrir la puerta.  El temor le hacía temblar las manos, aún con estos impedimentos de sugestión con los que había llegado al apartamento, pudo abrir la puerta y entrar.  Lo primero que hizo fue ir a la cocina.  El se esperaba lo peor y efectivamente se encontró con lo peor, el licor lo estaba haciendo alucinar y había empezado a ver fantasmas.  No había cuerpo ni muestras de algún tipo que pudieran hacer creer que en esa cocina hubo un cadáver.

 

Durmió, aunque soñó con el abuelo que le contaba que él había arreglado, que no se preocupara, todo había quedad en perfecto orden.  Esa semana tuvo otros sueños, unos con el abuelo, otros con los amigos, al parecer era una semana propensa para cualquier aventura nocturna.  El domingo estuvo con la mamá y hablaron de cosas, le contó lo del abuelo y entonces realmente comenzó la historia.  La mamá le dijo que la tumba del abuelo alguien la había abierto, y que la mujer que él vio en la cocina era una señora con la que él había tenido muchos problemas.  Habían sido amantes y cuando él decidió salirse de la casa para ir a vivir con ella, la mujer lo dejó plantado, el abuelo se quedó sin nada porque ya en la casa le perdieron el respeto y esta mujer se quedó con los ahorros que tenía.

 

La historia contada por la madre le pareció una broma, sin embargo, ella le insistió en que era cierta.  – Mire mijo, cuando se abren las tumbas, y el muerto que está ahí había quedado con pendientes, ese sale y los cobra o los paga.  Es más fácil que cobre porque hace como con la señora, la arrastra por la calle hasta matarla, pero cuando los debe pagar no les queda muy fácil descubrir la manera de hacerlo, entonces se quedan en pena por el mundo.

 

          Mamá, cómo así que la arrastró?

           Aquí uno se entera de todo, dicen que murió al caerse, pero a mí me contaron que todos vieron cuando era arrastrada por el piso, sin que se supiera quién la estaba halando.

          Y cómo sabes que fue esa señora la que yo vi en mi cocina?

          A ti no fue al único que visitaron.

 

La visita en la casa de la mamá terminó tarde.  Él se fue al apartamento y se quedó pensando profundamente en aquellas cosas que había escuchado y vivido los últimos días.

 

          Eduardo, bacano el cuento pero, todavía no entiendo por qué vas al cementerio por las noches.

          Es que, al parecer solo ocurre en las noches de luna llena.

          Vampiros u hombres lobo?  Todos reímos con la anotación del compañero.

          No, hombre que es serio.

          Bueno, pasa las noches de luna llena.  Pero, eso qué tiene que ver contigo, por qué te toca de vigilante a ti?

 

Eduardo se quedó mirándonos como si nosotros tuviéramos apenas un dedo de frente.  Si el abuelo mío pudo salir a cobrarse una deuda que no le habían saldado, pues cualquiera lo puede hacer.

 

          Y, qué tiene que ver contigo? No habrás cometido una barbaridad y temes que alguien se levante a cobrarte?

          Hasta que no la pague, de algún modo, tendré que ir a vigilar que nadie destape esa tumba.

 

Yo pedí más cerveza, mis compañeros más aguardiente y decidimos hablar de la mujer que había pasado en frente de nosotros cuando tomábamos café en la universidad.

 

Oscar Vargas Duarte

Un comentario en “el que la debe, la teme

  1. Es de alabar la resistencia psicológica del grupito de estudiantes. La escena inicial, del "compañero imaginario" me ha encantado. Saludazos!

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