Aroma a pan y sexo

La panadería está abierta desde las seis de la mañana.  El panadero vive en la misma casa, se levanta antes de las cuatro y comienza su jornada que se resistirá a que ser terminada antes de las ocho de la noche.  El negocio es propio, de manera que después de preparar el pan debe participar de la ejecución de otras actividades en el establecimiento.  Le ayuda su hermana, quien resuelve otros temas  mientras él se dedica  a los suyos.   El primer cliente es un hombre que viene desde hace varios meses, llega apenas abren la puerta, pareciera que está pendiente de que la primera luz atraviese hacia el establecimiento, llega con el primer viento.  Es un hombre de quien se puede presumir ya ha resuelto sus afanes económicos, después de que llega, se acomoda en una silla que está en el centro del lugar, ahí abre el periódico y espera a que lo atiendan. Pide un café, cualquier pan, mientras esté recién absuelto del horno.  Los primeros días fue complicado porque creían que encerraba alguna mala intención en su pedido, sin embargo, con el paso de los días, al verlo regularmente se entendió que el pedido lo hacía de esa manera para que le ofrecieran el pan que a consideración del panadero estuviese más delicioso.

 

Las cinco de la mañana las anuncia un despertador de corte antiguo que lo acompaña desde días enmohecidos por la memoria perdida.  Los movimientos no están calculados, pero podría asegurar que pasará a la ducha, luego buscar la ropa, algunas veces repite la del día anterior.  Le gusta estar faltando quince minutos cerca de la panadería, imagina los movimientos que se suceden al interior

 

El sector, al comienzo, le pareció un poco riesgoso, pero con los días se fue acostumbrando y el ambiente acostumbrándose a él.  Conoció a los vecinos, hizo amigos, encontró los lugares precisos para almorzar, para cenar, para comprar los huevos y logró hacerse propietario de los espacios a su alrededor.  La panadería la vio una mañana que debió pasar por el sector, iba en el carro, venía del aeropuerto y al estar cerrada una de las vías principales debió tomar rutas alternas.  Que grata sorpresa haber pasado por ahí, su gusto por el pan lo hacía buscar el más agradable a su paladar, pero luego les perdía el gusto a esos lugares.  Este en particular le pareció hermoso, sublime, así lo describió a sus amigos cuando les contó que cambiaría de lugar de residencia y se iría a vivir a un barrio popular.

 

La fortuna lo acompañó desde ese primer día, estacionó en frente de la panadería, bajó del auto y le abrieron apenas el sentía que la nariz tenía orgasmos por el aroma a pan.  Una señora lo atendió y, al no saber qué tipo de pan había, le pidió que ella escogiera el pan por él.  Gozó cual niño en los brazos de su madres bebiendo leche del seno, se tomó el café, repitió el pan y salió como si su vida empezara apenas en aquel instante.  Olvidó el carro y se dedicó a caminar el sector.  Una semana después había ido todas las mañanas, apenas abrían el lugar, y luego en las tardes, como si se tratara de una cita con una amante, a la misma hora.  Adquirió un apartamento pequeño y trajo de su casa grande las cosas básicas para satisfacer sus días.

 

La panadería está en la calle que circunda la plaza, en las horas de la mañana no se ve a mucha gente alrededor, uno que otro deportista que aprovecha el espacio para trotar, algunos desprevenidos que los sorprendió la noche en el lugar y, por supuesto, los habitantes de siempre que llegan temprano.  Un hombre que trae siempre un uniforme de policía de tránsito y se mueve entre las esquinas del parque, los fotógrafos que se sientan a esperar a los que ya llegaron con la espera a cuestas y se toman fotos para recordar que estuvieron en un lugar del cual no recuerdan el aroma.

 

En la tarde ve pasar a una mujer, de la que sabe su nombre, lugar de residencia, hijos, amigos, y muchos datos sin que ella esté enterada.  La ventaja de tener tiempo libre es que le ha permitido hacer averiguaciones con paciencia.  Se enamoró de ella, sin notarlo, la veía pasar en las tardes, con la prisa de los que saben que en el lugar no se les ha perdido nada y mejor pasar rápidamente sin darse oportunidad de que de pronto esta vez pierda alguna cosa.  Al principio creyó que era curiosidad por los extraños, pero con los días sintió celos del fotógrafo y sus piropos indecentes, del amigo con el que la vio una vez pasar llena de risas.  Así, habiéndose descubierto enamorado averiguó todos los detalles que pudo de ella.

 

La estrategia para conocerla la había puesto en marcha.  Supo que le interesaban las obras de arte, entonces convenció a unos pintores y escultores de una asociación a la que muy pocos conocían que sería interesante para ellos exponer en la calle, en un sitio histórico, para hacer una semblanza de como el arte se mantiene y es patrimonio de todos, aunque no sea de nadie ya que los lugares públicos tienen esa misma connotación.

 

Ella no pudo pasar sin advertir las pinturas, entonces se paró a observarlas una a una, él la siguió desde la ventana de la cafetería.  Al cuarto día se acercó a ver la pintura que a ella más le había gustado, entonces cuando ella llegó hizo una exposicion de las diferencias evidentes que se podían notar entre ese cuadro y los demás, el que estaban viendo parecía haber nacido en esa plaza, y estar expuesta ahí la convertía en un retorno, como el del hijo pródigo.  Ella le sonrió y le dijo que no podía creer que alguien acertara de manera tan exacta con sus pensamientos, sin embargo, ella no los hubiera podido decir de esa manera tan clara.

 

El siguió, buscando otros cuadros, ella no soportó la curiosidad y lo siguió.  Esa tarde tomaron café en la cafetería y acordaron una cita en la tarde siguiente.  Dos, tres cuatro citas y las siguientes ya no las contaron.  Ella vino a tomar café a las seis y treinta de la mañana cuando ya el había repetido pan

 

Una tarde fueron a la residencia del señor.  Esa misma tarde de la panadería llevaron docenas y docenas de pan recién horneado, cuando ella había cedido  a las caricias del hombre tocaron a la puerta, él le pidió tranquilidad, volvería en un rato.  El espacio se llenó de aroma a pan, estaba inundado el espacio de tal manera que podía tocarse con los dedos aquel olor.  A ella no le sorprendió el hecho, sin embargo, logró asustarse cuando él le pidió que se acostara sobre todos los panes regados en el piso de la sala.  Ahí compusieron sus cuerpos en lo que la mayoría llama hacer el amor, el olor del orgasmo se combinó con el aroma a pan, entonces pan y cuerpo se juntaron para que aquel hombre recordara en aquel instante que en su casa, en sus primeros días de infancia, el papá le hacía el amor a su mamá, cuando ella preparaba el pan en la cocina, él desde su cuarto solo podía sentir el aroma y sabía que allí solo podría haber felicidad.

 

Oscar Vargas Duarte

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