Hubo una mujer que se disfrazaba de muchas maneras todo el tiempo. Unos días era el apacible campo, otras veces el doloroso golpe del mar contra la roca o la entrega simple, sin temores, de la arena ante las olas. Era amada por aquellos que en sus latitudes internas necesitaban del aroma de las fuerzas naturales para seguir el camino. Se vestía de canto, de milenaria claudicación, de anciana dependencia, del grito profundo que se escucha solo en el fondo del corazón. La amaban aquellos que adolecían de meridianos y no podían medir la hora propia, el momento oportuno para el abandono.
Una mañana se vistió de lo que único que en ella era cierto, desnudez, entonces aquellos que la amaron al verla de otras maneras no la reconocieron y pasaron junto a ella sin advertirla.
Oscar Vargas Duarte
Oscar, muy bueno tu relato. Me encantó.
Marina