Te asustas, el miedo es el abrebocas de cualquier apariencia que observes

Hay días
que son pesados y no es fácil descubrir cuál es la carga que los hace ser
percibidos de esta manera. El calor nos da hastío, el frío se convierte en una
ecuación algebraica en la nariz, la camisa no es parte del entorno pictórico que
encuadre con la otra ropa que se viste, la espalda es una ladera cojeada por el
dolor.  Quienes deberían admirarnos nos ignoran,
nadie nos admira! Somos anónimos, una palabra sin acentos, y solo en este
momento uno lo nota. 

El día se
cuece en granos de mazorca, van despacito enumerándose sobre el reloj; los
segundos parecen ciclos de cangrejo, van y vuelven, la comparación es muy mala
pero incluso el poder de asociación deja de funcionar.  La mirada es una
confusa dilatación que se agria en los párpados y prontamente se recoge en su
propia miopía.

 

Notas que
las soluciones en las que habías creído desde tiempos antiguos no servirán hoy,
ya nada es suficiente y todo se compone de tantas maneras que la sensación de
no saber lo mínimo se convierte en la única certeza relevante. 

 

Mientes al
mirarte en el espejo, con esa pequeña sonrisa que ruega el milagro de la resurrección,
es un gesto para empadronar muertos de modo que revivan luego, no puedes
siquiera verte sin imaginar que en unos minutos todo se destruirá y tú serás
parte de la culpa.  Te cuesta arrastrar los pies, las piernas te duelen de
soportar los gritos que tu cadera eructa al andar, te sientas y el mundo es tu
cabeza. No reconoces los idiomas con los cuales los otros babean en frente de
tu rostro, y cuando crees entender las palabras traen tantos vocablos para
confundirte que incluso tus tímpanos lloran por tener que soportarlo.

 

Es una hora
cualquiera, eso crees, es una hora ciega que te hace imitar a las campanas gritando
sonoras sin conocer las razones por las cuales lo hacen, sin determinar el
siguiente instante de tiempo en el que ocurrirá su sonido.  Presientes que la ropa taladrará los poros de
tu cuerpo al mismo ritmo con el cual respiras, de la misma manera le endilgas
la propiedad de la burla y crees que lo hace al hacerte sentir que va a caerse
por completo  — odiarías que otros
observen tu desnudez.  El uso horario domina tus sentidos, los meridianos
no cruzan el límite adecuado y estas cuatro mil horas solo han medido quince
minutos.  Piensas en todos tus esfínteres, de manera extraña pareciera que
la soledad de las letrinas, el espacio iletrado de los baños te atraen, la
sensación de estar a punto de la orina te obliga a verificar que no repetirás
tus experiencias de infancia.  Vas al baño y el vacío te plancha el
estómago, nada sale de ti, sin embargo apenas te levantas los esfínteres
mantiene la amenaza.

 

Crees en
las tentaciones, alguien descubre tu mirada inquisidora tratando de sobrepasar
la ropa. Vaya magia la de tus tentaciones, ahora se te dilatan junto al miedo y
tus sensaciones de pecado.  Enredas un
pecado entre tus percepciones para que luego la prudencia te obligue a sonreír
al primer doliente a quien quisieras llenarlo de patadas hasta el abdomen. 
Ahí vas, el día se arropa en otras horas, la sensación de morirte ya no es tan
real, es más, la vida te cae completamente en la cara y te obliga a pensar en
lo que sucede en tu entorno, odias eso, sería mejor la táctica de la avestruz
con su cabeza en la arena o la de los murciélagos que cambian el tamaño de su
cerebro por uno mayor tamaño en sus organos genitales, no pensarías, solo
dolería en tí una faena de sexualidades extensas.

 

Un par de
palabras soeces que no se escuchan de tu boca, pero las piensas, que tonterías
se te ocurren.


Te asustas,
el miedo es el abrebocas de cualquier apariencia que observes.  No te
conmueves más que de tu calor, del subterfugio que arremete a las vocales que
en mayúsculas tratan de defender tus periferias, el croquis con el cual un día
alguien marcara la muerte de tu cuerpo.

Oscar Vargas Duarte
p.d. Imitación de un texto antiguo que hoy comprende las sensaciones que recorren a mi cuerpo

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