Dejo aquí mi noche para que tú le calles cualquier desvarío,

Dejo aquí mi noche
para que tú le calles cualquier desvarío, ella es silenciosa, mimetiza
sus gritos en los sonidos del viento que atraviesas sabanas y ríos.
Déjala tranquila, no le alientes con canciones de cuna y tampoco te
atrevas a asustarla con ruidos.

Dejo aquí mi noche mientras
voy de calle en calle buscando la luz que escondí entre los brazos de
una mujer antigua, milenaria y sedienta de voces. Yo la recuerdo de un
tiempo en que todo estaba tan lejos que solo se veía uno con el vecino
en los días de mercado, y también se que estuve con ella una noche de
diciembre en que la guerra explotaba navíos mientras yo cabalgaba mi
ingle sobre la suya.

La extraño y por eso la busco, no la
amo, jamás esperó de mí el amor y no le ofreceré hacerla mi amada
porque inmediatamente me odiaría. Con ella es lo que su corazón le
pida, y si este solo quiere guerra de cuerpos sin higiene, pues sean
mis babas con las suyas las que me alienten a buscar las grietas en sus
piernas. Ella sabe que abandono mis noches cuando la busco, reconoce en
mí el miedo y sin embargo me mira como si fuese el más valiente de los
soldados. Hubo un tiempo en que me mantuvo herido en su cuarto, dejaba
para mí todo preparado por si su ausencia era larga y al volver
consentía mi cuerpo, blando cuerpo que el gusano de la muerte marchita.

Dejo
aquí mi noche para que tú le calles cualquier desvarío. Me voy a donde
las putas a encontrar aquella que supo comprender que en lo que otros
llaman perdición ella entrega ternura y resistencia para que los
solitarios como yo puedan dejar su noche roncando tranquila mientras
nadie la cuida.

Oscar Vargas Duarte

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