Una flor

Ellos se besan intensamente.  Hace apenas unos minutos llegaron y antes de pedir cualquier cosa empezaron a interpretar una liturgia entre sus labios.  El mesero pasó a preguntar sobre lo que desean consumir, con bastante desatención apenas si le dicen que traiga un par de cervezas.

 

En mi mesa hay una hoja de papel que se convertirá dentro de poco en un tirano saurio rex.  Aprendí el ejercicio de la imitación en la universidad, en la biblioteca de la facultad de artes había un tercio de libros sobre origami, los cuales me llevé a la memoria y ahora hago figuritas mientras estoy hablando con alguien.  Al principio gastaba las hojas del  los cuadernos aprendiendo, luego conseguía hojas de papel que había sido reciclado de las impresoras.  En vista de que no tenía novia debía entretener mis manos con algo, aprendí a doblar el papel y logré hacer una colección de figuritas entre las que se destacaban unicornios, pegasus, rinocerontes y dinosaurios.  Recuerdo que el camello lo hacía con papel amarillo.  La colección se la regalé a una amiga con la cual hacía los trabajos en grupo que colocaban en la universidad.

 

 

La pareja sigue besándose, se prestan la lengua y atentan contra los labios como si trataran de sacarle jugo.  La mujer mete la mano bajo la camisa del hombre, él tiene lel extremo de su brazo en un lugar que acaricia felizmente el cuerpo del otro.  Miro alrededor, el único que parece estar interesado en la pareja soy yo.

 

 

Las cervezas mantienen el nivel de líquido con el cual las sirvió el mesero.  Apenas si observan un poco a su alrededor, están concentrados cada uno en el otro. Mi amiga la que comparte conmigo la mesa dirige su atención a mis manos mientras doblan papel y sus oídos escuchan una historia que le cuento mientras el papel toma la forma indicada. 

 

 

Hay un ramo de flores de plástico sobre una repisa.  Son de color rosado, la cantidad de rosas no debe superar las ocho.  Imagino que al comienzo habían ocho y con los días algunos clientes atrevidos debieron tomar una y luego otra de modo que se perdió la plenitud de la docena.

 

 

Mi amiga nota la desconcentración y me reclama para que siga con la historia.  Los dedos no han parado de hacer pliegues en el papel, el tirano saurio tiene piernas y cola.  La colección que le dí a mi compañera de la universidad pasó de ser una serie de animales a papel doblado en el escritorio que había en su casa para estudiar.  Su hermano, se quedaba en las noches hasta tarde tratando de entender el orden con el cual se había creado la representación del animal.

 

 

La mujer le acaricia las piernas al hombre, no deja de besarlo, le ha mordido el labio inferior, al hombre no le importa sigue besando y tocando el estómago de ella.  Nadie más que yo los observa.   Ella tiene un pantalón azul y una blusa blanca, él lleva una camisa azul y un pantalón oscuro.  Desde mi posición no puedo asegurar el color exacto, hay muchas sombras alrededor.

 

 

El tirano saurio ha terminado su forma.  La historia que estaba contando es cerrada con una interpretación a modo de mensaje como si fuese una fábula.  Mi amiga pregunta por el origen de la misma, le respondo que es el tipo de narraciones que han surgido de la sabiduría en la que a veces me veo inmerso.  Ríe y guarda la figura en su bolso.

 

 

Las flores siguen en el lugar.  La repisa debe ser limpiada a diario, esos lugares suelen ser acumuladores de polvo, sin embargo, desde aquí se ve pulcro.  Me parece extraño que no pueda determinar el color exacto del pantalón del hombre y en cambio si puedo ver que la repisa está limpia.

 

Mi compañera de la universidad no dejaba de reír cuando le pregunté por el estado de la colección de figuras que había hecho para regalarle.  En ese rato de charla odiamos al hermano.

 

El hombre ha tenido un orgasmo, lo creo porque se movió por un instante de tal modo que todo su cuerpo se estremeció.  Ahora está completamente quieto, es increíble pero se ve dormido, la mujer se limpia la boca, come algo, y se toma la cerveza que correspondía a él y la de ella.  El hombre está con la cabeza desgonzada sobre la mesa, es como si se hubiese emborrachado de besos.

 

La mujer pide la cuenta.  El mesero tarda un poco. Ella paga y deja que el mesero se vaya sin propina.  El hombre sigue sobre la mesa.

 

Mi amiga está hablando de las posibilidades que existen de que uno sea atrapado por la lluvia en una tarde de abril en la ciudad.  Las cifras las tomó de una página del gobierno, según parece se recomienda comprar dos paraguas debido a la cantidad de lluvia. 

 

Los dos paraguas no son para usarse al tiempo, en la página igual dicen que la mayoría de las personas pierden uno porque lo dejan en un lugar público.  Nos preguntamos si los paraguas son objeto de robo.  No hemos escuchado que alguien cuente que le robaron el paraguas, asunto extraño ya que siendo tan fácil tomarlos y correr deberían robarlos constantemente.

 

La mujer se ha levantado y camina, dentro de poco pasará en frente de mi mesa.  El ramo de flores sigue en la repisa. Ahí están las ocho flores que conté desde el comienzo.  Perdón, falta una de las rosas, solo hay 7.  La mujer pasa por mi mesa, sin que mi amiga se de cuenta me lanza un beso, levanta la flor y hace un gesto de dedicación al mostrarme la rosa.

 

La charla de mi amiga se vuelve interesante la escucho sin desviar mi atención hasta que se escucha un grito desde una mesa cercana.  Una mesera que pasó a despertar a un cliente que permanecía dormido sobre una de las mesas.

 

Mi amiga me cuenta que hay una historia urbana sobre una mujer que le muerde la lengua a los hombres, los escoge dejándoles una flor debajo de la silla.  No me atrevo a ver debajo de la mía.

 

Oscar Vargas Duarte

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