No pidas otra cosa diferente a lo que ves en mis ojos

Es una noche como hoy. Me bajo del colectivo que me trae a la casa, apenas pongo un pie en el andén observo a una muchacha que trata de conseguir un bus en el cual subirse a buscar una oportunidad para interpretar canciones y obtener algún beneficio económico que le permita la supervivencia. 

 

Le hablo, una pregunta ajada de tanto ser repetida en su oído, igual me contesta con el gusto de la inocencia ante las frutas nuevas y sabrosas.

 

– Trabajas cantando en los buses ¿

 

– Sì.

 

– Cuánto ganas en cada uno, aproximadamente?

 

— $$$

 

– mmm

 

– Te doy eso mismo si cantas para mí

 

Entonces la muchacha observa mis ojos y me busca, sabe que no me encuentro ahí a su lado, que su canción me transporta, que su desnudez me pertenece en algún sueño que pronuncié en voz alta alguna vez

 

Sus dedos se mueven sobre las cuerdas, su voz se eleva, se esfuerza por ser lo más agradable a mi oído.  Presiente los orgasmos ajenos, sabe que los que pasan cerca de nosotros nos observan, imagina que la desnudo mientras parpadeo, una gota le acaricia los labios vaginales, y aún así está segura de la inocencia de mis enajenaciones mentales.

 

Su canción se termina.  La percepción de un orgasmo que será eterno es una mesa servida para volver cualquier día.

 

Le pregunto un poco sobre su economía, sobre su vida, sus  alucinaciones mentales, sueños, maldiciones.

 

Me responde sin prejuicios, soy una especie de su yo repetido para que confiese sus culpas y deseos.

 

La invito a que me acompañe a comprar algún tipo de comida, vengo con hambre.  Ella es condescendiente, aún no le he pagado, y va conmigo hasta la pollería más cercana.  Continúo el interrogatorio, cosas sencillas, aproximaciones a su gusto por el mundo.

 

Compro lo necesario para comer.  Cancelo la cuenta.  Salgo y le pido que me acompañe.

 

En una esquina, después de caminar algunos pasos ella interpreta la siguiente canción.  No se si la voz es hermosa, o si acaso alguien entendería que es una voz ajena, dulce, sombría, una voz hecha del orgasmo que le nace mientras yo la escucho. 

 

No soy yo, es ella, es ella la que imagina todo.

 

Le pregunto sobre el aroma de sus ojos cuando el beso se descuelga por su pecho y la mano siente su palpitar sobre el estómago, no contesta, vuelve a cantar.  Le hago caer en cuenta que su voz se dulcifica con los tonos altos, le digo que quizá eso ocurra con sus orgasmos.

 

Me atrevo a preguntar por el sabor oscuro de su boca cuando el grito la envenena al sentir el calor irguiéndose dentro de sí, un calor ajeno que apenas si le pertenece.

 

Ella sonríe, calla un poco, confiesa un orgasmo.

 

Las personas que caminan por la calle nos miran, no entienden que el arco iris sobre la cabeza de la mujer que canta es un sueño que se escapó hace un miles de años de la imaginación de un dinosaurio que creía en los imaginarios y sonreía de pensar en seres con dos piernas que compartirían orgasmos con la palabra.

 

 

Oscar Vargas Duarte

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