Alguien sabe de mi ?

Estoy ahora sentado frente al computador en el apartamento, con la cortina a medio correr observando a los carros que se dejan ver desmoronando la prisa del día que se va a terminar.  Una bicicleta en la cual he montado apenas un par de veces y sumado el tiempo de las dos apenas son un remedo de dos cuartos de hora, la impresora, mis carros de adorno sobre el monitor,  libros de estudio técnico en el piso y tres de literatura que traje para hurgar palabras en ellos con los cuales desvestir una historia que cuente para ti.

 

 

Amarillo.  El color que más me gusta aunque no suelo utilizarlo para vestir, sin embargo me llega de él un aroma a éxtasis que me obliga a esto, a imaginar girasoles llenos de temblores sobre un fresco campo en el cual con tu vigilia complaces a mi sueño.

 

 

Escribir.  La única pasión que afecta a mi locura y le rememora la cordura sobre textos que se hierven unos días pero otros callan como hielo ártico.  He aquí la única variación de esta alma que se rebulle entre mis codos y la sobriedad de absurdos con la cual me abandono la cerveza.

 

 

Guayaba. Un sabor que no produce el ácido dolor de la verdura en la boca que me podría producir la piña, aunque madura!, ni la sensación de inexperiencia adolescente que trae en sus adentros la manzana.  Es eso, tan simple sabor a granizadas experiencias, a maduras necedades, a complicidad y furia en una tarde de aliento des vertebrando deseos por ti.

 

 

Tres.  Despreocupado, invisible, vocablo transparente a la rancia sensación de no ser el primero o el después, en cambio, solidamente afectuoso de las dos curvas que le faltan para estar aún más encallado atrás en la fila numerada.  Claro, cerca o casi adherido al triunfo de quien se llena de gloria en la cúspide; lo sabe todo y al mismo tiempo entiende que la nada es un buen vestido para vivir, el mejor ¡  Tres, us espacio para tí, para mí y para los dos en uno solo.

 

 

Frío.  La náusea vagabunda que rompe vidas con su excremento de hielo en las calles de miles de inexistentes solidarios habitantes en caseríos citadinos.  Hecho para recordar el extremo marino que choca con el centro de la tierra y también convertido en soberano precipicio que no protege su vestido del cercano sol. Frío, la palidez de mis sentidos se acompasa en su ritmo, saber que existe abrigo y posibilidades de caber en alguien de meter al otro en los brazos para abrigar calor.  Me gusta el frío, su niebla, su vagabunda manera de romperse contra el rostro.

 

 

Miedo. Planeta al cual no pretendo reconocerle espacio, es el que menos participa en mis melancolías diarias.  Es el temor a todo o a nada.  Poseerlo sería comprenderme fuerte, poderoso pero igualmente inválido sin estas afortunadas virtudes, sean materiales o livianas espiritualidades.  Los días de tranquilidad de calle, de caminar pausado sin tener que perder, no producían otra sensación que la de plena seguridad sobre lo que nunca se construye.  Miedo, no querer sentirlo, eso me derrumba, Incertidumbre por no participar siempre de tí.

 

 

Recordar.  Participar de la memoria sin un fresco pensamiento de coloridas soledades o profundas compañías.  Disgusto por esta aguja repitiendo el reloj que se murió de tanto tic tac.  La mayoría de tantas e inacabables noches que llegan voluntarias a la vida; someto la libertad a la clemencia de encontrar en ella una voz, un espacio, una pasión.  Recordar, eso prometo ahora contigo, aún con la posibilidad de tenerte ahí entre mi piel y mi piel.  Mantener tu aroma en mí, la voz y tus invariables sabores a pasión.

 

 

Tímido.  Al final de la fila, detrás de los altos para no dejarme ver.  Sorprendido en ocasiones aprendiendo la verbigracia de transgredir pero lleno de angustia porque apenas si la piel soporta el aire que me transmite demasiadas preguntas.  Oculto, ausente, regularmente contestatario no por vocación revolucionaria si no por desazón.  Ese principio que me acercó a tí.

 

— Quisiera que me llames

 

Amigos.  Son demasiados los silencios que me guardo y pocas las aventuras que me trago.   Complicada definición para darle espacio en ella a quienes les entrego la palabra exacta de manera cómoda y sin metáfora.  Más en el corazón de lo que parece, más en la mano de lo que se presume tener.

 

 

Dinero.  Y para qué llorar si ya de hastío y penumbra fallecieron los bosques?  Heme aquí que cubro garabatos y ausencias con su nombre, se va como penumbra en la luz de una vela enorme.  Nada importante, pero sigue igual la certidumbre de saberse medido por los demás en estos rubros.

 

 

Verdad. Hasta el cinismo de acercar con más prisa a un moribundo al ataúd.  Una mano que se corta o una lengua que se hiere, es mejor someterse a este martirio antes que ocultarla tras la escena acostumbrado del teatro burgués.  Eso te he dicho en cada palabra que le extraigo a mi voz para tí.

 

 

Amor.  Y me lo preguntas tú que trajiste semillas, sembrándolas primero en mis ojos y luego las estás viendo crecer en todos mis actos?

 

 

Cambio.  A dónde voy y para quién? Esa es la única certidumbre que quisiera tener, lo demás es claro se presenta para enternecer o endurecer el alma.  Allá voy, dispuesto por la duda y temeroso del convencimiento que pareciera tener. 

 

 

Morir.  Quién dijo cuándo y dónde?  Exhausto de vivirla a diario en el quehacer acostumbrado de la palabra que la nombra.  Latitud, extremo horizonte, vaga soledad, presencia continua, soledad y camino.  El único destino al cual no debería temer.  Certeza de poder.

 

— Sigo esperando a que me llames

 

 

Poesía, Prosa.  Cualquiera de las dos y convencida que ninguna sin la otra.  No excluyentes porque mis prosas se acompañan del poema y lo repiten entre tantas letras que sacudo con los versos el muro de un texto extenso.  Ahora eso eres tú, la prosa que dilata y extiende mis sentidos el verso que repito en tu oído y entre ellas dos el beso de tu boca.

 

 

Cerveza.  Acaso me viste sugerir licores en alguna parte? Presumes entonces este abanico abrigado en lúpulo y cebada? Acaso soledad y corazón no son lo mismo?  Déjame esta amiga de ebriedad extrema y si es que la quieres alejar entonces vente pronto a mi cuarto a derramar en mí tu sexo de cavidades embriagantes.

 

 

Leer.  La nada y el olvido alquilan nidos en las hojas de los libros.  Ahí están los cantos repetidos de un pueblo que nunca supo medir la extensión de su experiencia.  Leo recurrentemente y no me importa el no entender, siempre es mejor la pregunta que nos queda de una lectura que el acierto aprendido de un libro que no se sabe cuando va a cederle su verdad a otro tiempo.  También me gusta que me leas a mí.

 

 

Oscar Vargas Duarte

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