La librera cumplió 27 años hace unos meses, y yo sin ser un prodigio de la aritmética básica sé que la doblo en edad, condición que me da los años suficientes para ser su padre habiendo pocas posibilidades de que pueda tener edad para ser mi hermana menor. Hace varios minutos me he repetido lo que dicen los viejos, «como los libros, tenemos la edad de la literatura», basados en que libros con décadas de publicación son leídos y amados por jóvenes, adultos y viejos, así, trasladada la idea a la vida real, siendo uno un hombre interesante, aun viejo, puede dejarse sorprender por la dicha de una relación con una joven de cualquier edad, basado solo en la propia simpatía.
He preguntado por un libro, de un autor reconocido, no ha sido una elección al azar, es con propósito, es seguro que estará en los estantes de la librería y con esto puede ella seguir conversando conmigo de los libros sobre los cuales hago alguna observación porque los veo expuestos, o aquellos con los que hago una puesta en escena y voy diciendo, ese libro ya no lo venden, la editorial dejó de publicarlos y no hay mucha claridad acerca de quién es el dueño actual de los derechos. El libro está entre los estantes de novela, lo miro, sé que tengo un ejemplar de otra edición, miro el precio, y se me ocurre que podría comprarlo, luego, unos meses después cuando seamos cercanos decirle, te acuerdas del libro de fulanito de tal que compré en donde trabajas, ya lo tenía, no lo recordaba, pero lo tengo en mi casa, cuando pases, si lo quieres te lo puedes quedar.
En la librería aparecen otros clientes, satisfacen con ojo propio los lomos y portadas de los libros expuestos en los muebles. Debo hacer una pregunta comercialmente atractiva para que ella siga conmigo o me abandonará para atender a las personas que acabaron de ingresar al lugar. Antes de que yo tome tracción con alguna pregunta ella se excusa, me deja viendo el libro que pedí, y va a preguntar a sus nuevos clientes. Los atiende, y se desplaza con uno de ellos hacia otro mueble. Yo voy hasta la mesa en donde he dejado mi morral.
La ventaja de estas nuevas librerías es que hay lugar para sentarse, tomar café, comer algo, beber, o charlar con los amigos. No sé qué fue primero, si la librería como un espacio lleno de libros en exposición o los espacios de charla en donde también se vendían libros
Sentado observo el par de libros que traje a la mesa, de reojo miro a la chica, 27 años, 60 kilos de peso, jeans azul claro, tenis rojos, blusa rosada con líneas horizontales como una persiana, de hecho, es la fotografía de una persiana, con un texto en rojo que dice, todavía estamos soñando. No, no estoy soñando, solo me parece interesante poder hablar con alguien cuya profesión sean los libros. No compraré los libros que están en la mesa, diré que quizá me cambie de la novela al cuento, y de verdad quiero un libro de cuentos, la antología que publicaron hace poco de Alice Munro. La chica vuelve a mi mesa, su compañero del café me ha traído uno con una torta de zanahoria. Pregunta si llevaré los que estaba mirando, y le respondo con la verdad, estos no, y le digo cuál quiero, pero no voy con ella a buscarlo.
Por la puerta de la librería ha entrado una de mis amigas, ha venido para encontrarse conmigo, y no tengo intención de que se me note esta intención de ser como un libro viejo que atrae a jovencitas solo por su contenido.