Los amigos, aunque sean ateos, son una asombrosa evidencia de la existencia de Dios. Hay quienes son afortunados y los conservan desde la primera infancia habiéndose conocido en los primeros cursos de escuela o en las actividades extracurriculares a los que los adultos inscriben a los infantes.
En el círculo académico es simple, encontramos amigos de la escuela, del colegio, de la universidad, los conservemos o no, la complicidad la dieron las aulas o las actividades adicionales que aparecen mientras uno va estudiando o, justo, al contrario, en esas actividades adicionales que hacemos para no ir a estudiar.
La familia es otro lugar acostumbrado para descubrir amigos, aparecen por ahí porque son los amigos de un familiar, sea hermano, primo, tío, sobrino, hermana, abuela, lo que sea, pero su amistad nos llega porque alguien de la familia los conoció antes, nos lo presentó y se quedó siendo nuestro amigo fiel.
Aunque algunas personas, como el jefe de alguien de quién no quiero decir su nombre, dicen que «ellos al trabajo no van a hacer amigos», la gente normal, estos que nos topamos en el café o que compartimos una charla de más, sí de ahí surgen los otros amigos, con mayor amplitud o profundidad, así que de ahí tenemos los otros amigos que hemos ido recibiendo por fortuna en la vida.
Claro, vivimos en, y hacemos parte de un territorio, tenemos amigos que conocimos en el barrio, en el edificio en donde habitamos, de ahí salen también otros amigos que sumamos a los conocidos en el estudio, en el trabajo o con la familia. También habitamos nuestras aficiones, lo que nos apasiona, los que practican deportes, tienen amigos con los que juegan, quienes son aficionados al arte, allí encuentran amistades del mismo modo que un ajedrecista debe tener amigos en el club en el que participa partida tras partida esperando a conservar su reina y vencer al otro rey.
Hay amigos que aparecen de otra manera, una casualidad distinta los convoca, nosotros somos empujados a ellos, o al contrario, ellos hacia nosotros.
No son personas a las que conozcamos porque compartimos clases en un curso, o que las hayamos encontrado en los pasillos físicos o virtuales del trabajo, o que sean habitantes de un hogar cerca del propio, no, tampoco es que alguien de la familia se lo presente o que en el club de ajedrez sea un habitual con quien logremos la mayor de las empatías.
Lo que escribí es para decir que reconozco una divinidad en esa casualidad que nos permite descubrir una amistad en un espacio o tiempo en que ninguna de las condiciones típicas previstas se presenta.