Sorpresas simétricas

En 1994 salía con una de mis compañeras de la universidad, compartíamos la clase de fundamentos de economía. Era mi novia, y yo era su novio líquido según decía su madre, no le gustaba que yo parecía como el agua, cabía exactamente en las formas emocionales que ella imaginaba. No puedo ser tan exacto como quisiera, pero me gustaba lo que decía, aunque no lo decía de buena manera.

El 1 de mayo, el día en que los sindicatos y universidades públicas salen hasta el centro de Bogotá por ser el día internacional del trabajo tuvimos sexo en la casa de sus abuelos. No usamos condón y, a finales de junio, estábamos en una crisis de miedo porque su periodo estaba muy retrasado. Cuando ella decía eso, yo me sentía como un retrasado porque ese día los condones estaban en la mochila, pero algún ladrón los había robado junto con un libro de Herman Hesse que había pedido prestado de la biblioteca.

Al final de la primera semana de julio ella llegó sonriente a la cafetería de artes en donde yo estaba haciendo figuras de origami. Me dijo, llegó. Reímos, hablamos, fuimos a comer empanadas, nos tomamos unas cervezas al final de la tarde en una tienda cerca a la salida de la universidad por la calle 26. Tres días después me había dejado una nota con una de las amigas. No habíamos podido vernos esos días, y ella había decidido cambiar de carrera. Se iría a vivir a Bucaramanga y a estudiar Ingeniería de Petróleos a la UIS.

Esta mañana, en el Carulla de San Rafael, mientras hacía la fila para pagar en la caja registradora, miré a la fila de la otra caja para ver si había menos turnos, miré a un muchacho de unos treinta años con un parecido asombroso a mi hijo. Alcancé a pensar que si tuviese los ojos azules como el mío serían iguales. Una cabeza coronada por un cabello de rizos, un rostro con los pómulos medio abultados, los ojos amplios y la mirada líquida hacia el horizonte. Delgado con propósito, vi sus brazos alargándose flacos como si no quisiera tocar el aire.

El llamado de la señora de la caja me interrumpió y no pude seguir viéndolo. La conversación en la caja es más o menos así, acumula puntos, sí, deme su cédula, la dicto, se le van a vencer algunos, quiere usarlos, digo sí, pasa un artículo detrás del otro, este tiene descuento, sonrío sin opinar sobre el descuento, con que medio paga, tarjeta, débito o crédito, crédito, a cuántas cuotas, a una, ya no tenemos bolsas, no, estas de tela, deme esa, y me pongo a meter los artículos en la bolsa.

La mujer pregunta a dos personas en concreto, a mí y a quien está detrás mío. ―¿Vienen juntos?― Yo respondo en automático porque sé que voy solo, y miro hacia atrás para encontrarme con el rostro de un hombre de unos treinta años que se parece a mi hijo. Él también ha respondido no, pero cuando me mira al rostro se le nota por un instante una incomodidad desconocida para él. La señora de la caja dice ―Es que se parecen mucho.

Detrás de él una mujer gira la cabeza, estaba leyendo una revista, mira hacia adelante y se encuentra con mi rostro y con el de su hijo. Mariana Sandoval se ve más joven que yo, aunque tenemos la misma edad, su sonrisa apareció con la misma luminosidad que yo la recordaba. Terminé de poner mis cosas en la bolsa de tela, y me moví hasta donde ella estaba para saludarla.

La conversación espontánea fue más o menos así, cómo estás, bien, hace mucho tiempo, yo vivo acá a la vuelta, yo soy nuevo en la zona, no, no había venido a este supermercado, claro, es un milagro encontrarnos, hace tanto tiempo, te ves muy joven. Cuando la señora de la caja dijo en voz alta, el que sigue, ella miró a su hijo que estaba de pie esperándola, yo lo vi y pedí a la providencia que no tuviera que hacer preguntas incómodas.

Nos acercamos, nos presentamos, yo soy Oscar, yo soy Emilio, mucho gusto, él es mi hijo, fuimos compañeros en la universidad, hace mucho tiempo. Me gradué de Ingeniera, me gradué de Ingeniero, tengo un hijo, este es el mío. De pronto ella se sonroja, y dice entre risas, me vas a perdonar lo que voy a decir, pero es lo único que se me había ocurrido decirte desde que dejamos de vernos. Te acuerdas que me escribías un poema cada vez que nos encontrábamos o me hacías una figura en origami, eso me dice, y yo respondo con asombro por esa memoria y le digo, claro, ahora que lo piensa era un poco necio con eso.

―¿Y dónde está mi poema o mi Pegasus de hoy? ― El hijo no nos está entendiendo, pero los dos nos reímos con ternura ante la memoria que se abre extensa con esa pregunta. Le cuento que, aunque ejerzo mi profesión de Ingeniero, publiqué un par de libros de poemas, sin embargo, y lo digo con verdadera tristeza, en ellos no está ninguno de esos poemas porque estaban escritos en los papeles que ella tenía.

Soltó una carcajada que el hijo no entendía, y yo me quedé esperando a que ella le explicara que cada día yo le escribía un poema y ella lo guardaba en una bolsa de tela que había hecho para, según ella, conservarlos toda la vida. Cuando apagó la risa, me dijo, yo tengo esos poemas, tendrías que pagarme varias vidas para que yo te los preste para publicarlos. El hijo se ríe, y le dice, es esa bolsa con hojas que llevas de trasteo en trasteo.

Caminamos hacia la salida del Centro Comercial, les digo que yo voy al segundo piso a la librería a comprar un libro. Él hijo dice, lo acompañamos, y la mamá se sorprende de esa respuesta. Tanto él como yo no hemos podido dejar de mirarnos, pero Mariana no hace caso de la duda que ha visto surgir en su hijo y que se repite en mi rostro.

En La Librería de Ana entramos, Emilio toma camino hacia un mueble poblado de libros de Manga, y yo me quedo viendo un mueble en donde hay literatura de ciencia ficción. Mariana se acerca, y sin que yo le pregunte, me dice, no es hijo tuyo. Yo también me sorprendí mientras lo veía crecer porque es asombrosamente parecido a ti. Lo tuve dos años después de que dejé la Nacional, en el 96. Su papá es un cabroncito que no vemos nunca, y que cuando él estaba pequeño se hizo la prueba de ADN porque decía que un hijo suyo tendría que parecerse a él y no ser esa delgadez pronunciada que tiene Emilio. Claro que es suyo y la prueba dio positiva, pero no quiso aceptarlo. A ti ni se te ocurra pensar que es tuyo porque te vas a tostar la cabeza con eso.

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