La primera vez que vi un Pegasus hecho en papel fue en la cafetería del edificio de matemáticas en la universidad. En una de las mesas, alguien les mostraba a sus amigos la figura como si fuese un barquito de papel. Mi primer pensamiento fue, yo también puedo hacerlo. Por supuesto no sabía mucho del tema, y no tenía un amigo cercano con quien averiguarlo.
Días después, en la biblioteca de la facultad de artes encontré dos libros, en uno de ellos estaba la figura, el paso a paso para lograrla. Aprendí, por supuesto gasté muchas hojas con distintos intentos para lograrlo. Hice muchas figuras, además del Pegasus, elefantes, rinocerontes, aves, dinosaurios, peces, estrellas y otras figuras geométricas.
Con mi primer ingreso, unas clases de ofimática que daba en un instituto ubicado por la Avenida Caracas, saqué copias de los dos libros. Desde ese día, esas copias me han acompañado, han ido conmigo como uno de los capitales más apreciados en mis cosas. Las he usado tantas veces que se les nota el uso, y dan evidencia del tipo de bebidas con las que acompañé mis momentos de plegar papel para hacer las figuras.
No había hecho el ejercicio de buscar los libros, una falta de inteligencia para utilizar las plataformas virtuales de las librerías. No se me había ocurrido, la costumbre de utilizar las copias no me dejaba ver otras posibilidades.
Hoy, cuando volví de la oficina a mi apartamento, en la portería alguien me había dejado un paquete. Lo recogí con curiosidad y emoción infantil. Hay tres momentos cuando compro libros por las plataformas de Internet, primero la emoción de elegirlo y comprarlo, luego el seguimiento para saber cuándo lo envían, en dónde viene, en qué momento inicia el transporte hacia mi casa, y, claro, el instante en que está en mis manos.
Esta tarde, el primero y el segundo momento no tuve oportunidad de vivirlos. Lo recogí en la portería, subí con el paquete hasta mi apartamento, me acomodé en el sofá para abrirlo, revisé los datos del envío, efectivamente a mi nombre, sin embargo, el remitente era una librería, sin nombre de persona que lo hubiera enviado.
Dentro del sobre, dos libros, «Animal origami for the enthusiast» y «Origami for the enthusiast». Los mismos que pedí prestados tantas veces en la biblioteca de la Facultad de Artes de la Universidad. Sí, ha sido una maravillosa posibilidad materializada por La Providencia. Ahora están los dos libros conmigo, las copias pueden conservarse como contingencia, pero los libros estarán listos para continuar con este hábito con el cual medito y desde el cual hago figuras en Origami para personas que me importan.
Solo tú podrías haber intuido que este sería el mejor de los regalos que podría recibir hoy. Sí, solo tú podrías imaginar que esa figura hecha en origami que un día recibiste en tu casa habría nacido de mi mirada deteniéndose tras cada pliegue viendo unas copias que un día se reprodujeron en una fotocopiadora.
Gracias por enviar estos libros a mi casa, ahora celebraré por ti con alegría, y ese Pegasus estará en tus manos cuando te sientes conmigo en el sofá a verme plegar una y otra vez un papel hasta verlo convertido en la figura de un animal.