Volví a casa y cuando abrí la ventana las gotas de la llovizna habían adquirido la forma de la lluvia. Llueve. Traigo del comedor una de las sillas, dejo el espacio vacío con el último libro que llegó por correspondencia. Leo, leo desde algún lugar en donde espejos, vidrios y cristales no me reflejen. Pensé en leer en voz alta para ti un poema, lo hice. No me veo de pie sobre esa silla porque la idea de fotografiarme me pareció presuntuosa, y ya sabemos que la vanidad no es bien recibida por mis propios temores.
Hoy supe de ti, un par de minutos, quizá dijiste mi nombre, quizá ni siquiera supiste que lo pronunciabas, y tampoco imaginas que esta lluvia nocturna que cae sobre el asfalto de la calle vecina y riega la tierra del parque es una respuesta de las nubes a ese instante en que me nombraste sin que supieras realmente que estabas sembrando en tu vida estas gotas de lluvia. Algún día te pregunté si llovía en tu casa, y respondiste afirmativamente, si te preguntara ahora, tú dirías «Sí, acá está lloviendo» y yo diría, «acá también, es prueba suficiente de que vivimos bajo el mismo cielo»