Han sido días difíciles, no por la larga lista de cosas que debo hacer cada día en el trabajo o el nivel de tensión con sus picos inclementes, y los resultados que solo alcanzan un éxito limitado, y las expectativas de perfección que tienen quienes lo evalúan, en esto me he estado entrenando cada día durante muchos años. Claro, me quejo, es una reacción normal para alguien como yo, quejarme es una manera de descubrirle un espacio de humor a esas cosas que en el trabajo me tomo con toda la seriedad del mundo.
Han sido difíciles porque una carga emocional ha estado revolviendo todo aquello que parecía tranquilo. Puedo decir un nombre, mencionarla, atribuirle a ella esta entropía emocional que va de un lado a otro sin darme un respiro. Quizá debería leer los poemas que le he escrito y descubrir en ellos la punta de lanza que abrió los pliegues emocionales en donde todo estaba sellado. Ya no estoy para esto, eso quisiera decirte, a ti, no a ella. Y ahora que empiezo a nombrarte debes saber porque te escribo estas líneas.
Hay un poema de Benedetti, el escritor uruguayo, dice, «tus ojos son mi conjuro contra la mala jornada». He vuelto a ti que no me lees y no te asomas a esta plaza virtual y pública en donde podrías saber que te nombro porque de ti está hecha la memoria que uso para los malos días. Tus amigos no me hablan de ti, pasan indiferentes por la luz en mis ojos con la que hurgo en los de ellos para encontrarte.
Recuerdo una discusión, y la traigo ahora acá para poner en mi memoria un poco de risa. Me llamaste, enojada primero porque te había puesto un mensaje tarde en la noche cuando tú ya estabas dormida, y luego porque dabas por sentado que si era tarde es porque yo estaba ebrio escribiendo. Puse todos mis mecanismos de defensa, expliqué que no había sido así, solo quería antes de adentrarme en el sueño dejar claro que mi deseo contigo era el de tener una relación seria, incluso fui insistente en decirte, ahí está claro, te escribí que mi interés no era una relación oculta entre los bordes oscuros de la noche, mi deseo era tener una relación pública contigo, abierta a todo, expresada con dicha en todos los espacios posibles.
Tu risa me cayó en la cara como si un futbolista me hubiese puesto los guayos en la cara. Sé que me puse rojo, y era del enojo. Sentía que tú te burlabas de mí. Habías pasado de un reclamo a la burla porque mi deseo era una relación fundamentada en la claridad y por eso podía ser pública y no tenía que ser secreta para nadie.
Cuando terminó la risa, me dijiste, Oscar, tu ortografía es envidiable, corriges todo el tiempo lo que escribes porque tienes un afán admirable por la buena escritura. Anoche estabas borracho, me escribiste que querías tener una relación «púbica» conmigo, «púbica» no «pública». Cuando vi la pantalla del celular y leí el mensaje, pasé por todos los estados de la vergüenza. No aceptaste que estaba sobrio cuando escribí, y yo no acepté que estaba ebrio en ese instante.