— ¿Por la envidia?
Los dos policías descendieron de la motocicleta, uno me pidió los documentos de identificación y el otro empezó a requisar al habitante de la calle mientras escuchaba al hombre reclamar que él no llevaba drogas ni armas. El policía con mayor rango se quedó viéndome con la inquietud de un profesor de escuela mientras su compañero revisaba el contenido de la caja llena de flores.
El habitante de la calle dijo, —Yo voy a venderlas. Me miró para que a través de mis palabras pudiera encontrar la lógica necesaria que explicara el encuentro. —Yo se las regalé. Uno de los policías empezó una diatriba acerca de la compra de drogas en las calles y la podredumbre social alcanzada en la ciudad por personas que aumentaban el tráfico de narcóticos dando limosna a los consumidores que luego llenaban las arcas de los narcotraficantes, y también acerca de personas que compraban droga que mantenía el círculo criminal y vicioso. Por supuesto dijo muchas más cosas que yo no recuerdo porque tengo poca memoria y la uso para lo necesario.
— ¿Por qué por la envidia?
— Es simple. Y empecé a contarles.
Yo vivo en el piso doce de un edificio de catorce. En cada uno hay seis apartamentos, junto al mío vive la segunda mujer más hermosa del mundo. He estado en el mismo apartamento por cuatro años y sé que ella vive en el 1203, mientras yo en el 1206, quedan uno frente al otro. La primera vez que la vi sentí que todo podía pasar en el mundo si ella lo pidiera. Así que desde entonces me aprendí sus rutinas. La hora en la que toma el ascensor, la hora a la que vuelve de la casa, las maneras de moverse sobre unos tacones altos que usa los lunes o de sentirse fuerte cuando los viernes va de ropa informal a su oficina.
— ¿La está acosando?
— ¡Nooo! Cómo se le ocurre.
— ¿Usted qué hace?
— Desarrollo software, estudié programación y sistemas.
La mujer me parece bellísima, pero no somos amigos, y apenas si nos saludamos cuando coincidimos en el ascensor o en el pasillo del piso. Es casada, y muchas veces discute con su pareja. El marido es tipo bien parecido, pero su atractivo es directamente proporcional con lo tonto. Casi todas las semanas tienen discusiones porque él hombre no sabe comportarse en la relación, o porque esa mujer exige mucho. A veces se escuchan las discusiones, y otras veces me entero es porque ella sale con el rostro tenso lleno de furia.
— Yo no sé qué nos está contando, y todavía no entiendo lo de las flores.
— Es porque usted interrumpe todo el tiempo.
Anoche los escuché discutir, se les oía bastante alterados. Ya sabe usted, esos apartamentos de ahora son como cajas de fósforo y las paredes son de mentira, entonces la voz se pasa de un lado a otro, y si usted discute a gritos, pues sin que uno quiera se entera. Esta mañana cuando iba a la panadería a comprar lo del desayuno, lo vi en una floristería. El esposo le preguntaba a la vendedora sobre unas rosas que había, eran las más frescas, la verdad es que había más flores en el sitio, pero todas se veían gastadas, como si una tristeza les estuviera consumiendo los colores y la fuerza.
— ¿Qué?
— Digo que todas las otras flores estaban feas. Solo se veían lindas las rosas.
— ¡Oiga, espere!
— ¿Qué?
— ¿Por qué es la segunda mujer más hermosa del mundo?
— Porque a la primera no he empezado a buscarla
Al policía de rango superior no le hizo gracia mi comentario, y me pidió seguir con la historia. Me hubiera gustado contestarle lo que suelo decir cuando alguien me hace esa pregunta, y decirle —Su madre— pero es bien conocido por todos que a las autoridades no les gustan los chistes. El hombre le dijo a la vendedora que pasaría a comprar unas rosas cuando volviera, que se las iba a dar a la esposa para pedirle perdón porque estaba muy enojada, y mejor contentarla antes de que lo echara de la casa.
— ¿Y entonces?
Pues que en vez de irme a la panadería compré todas las rosas para que él hombre no pudiera comprar una sola. La envidia me pudo, las compré, y ahora se las estoy regalando al señor para que él las venda.