Esta tarde vine al lugar de los secretos. Mi amiga que lo atiende se sorprende de mi visita, entonces me pregunta si he venido a saludar o a intercambiar un sobre. Le digo, primero a saludar, hace tanto que no venía y traje hoy uno de mis libros, uno nuevo publicado hace unos meses. Cruzamos el libro junto con un saludo, y ella saca de algún lugar una carta que me la entrega con la condición de que debo leerla en su presencia. Me mira sin parpadear mientras me dice, sea lo que traigas como secreto en tu sobre, yo te lo intercambio por los que van escritos en esa hoja que nació hace unas semanas.
Cambia la música que estaba escuchando y pone una lista de reproducción de Joe Cocker. La canción que suena es «Don’t Let the Sun Go Down On Me». Ella lee algunos de los versos que están en mi libro, le digo, justo son los más lindos que escribí para la mujer a quien le dediqué casi todos los versos de ese libro. De una caleta detrás de un mueble de libros surge una botella de tequila. Le digo, es temprano para la bebida. Ella me muestra la carta, y dice, te harán falta más tragos de los que tiene la botella para cuando leas mi carta.
Empiezo la lectura, y tras el primer párrafo me levanto con la intención de dar una opinión, pero ella me muestra la pared en donde están las reglas con las que se intercambian cartas llenas de sucesos reservados, de confidencias inconfesables, y de secretos, sobre todo de eso. Ella tiembla, al verme parpadear y releer las primeras líneas de la carta. La miro con asombro, y me sorprendo sin poder dar respuesta alguna a su escrito. La leo completa varias veces, me tomo más de la mitad de la botella de tequila.
Ella empieza a leer mi carta, me quita la botella y empiezo a notar que el color de su piel adquiere el tono de la furia silenciosa, una palidez de la que uno teme salte en cualquier momento para hacer al mundo trizas. El líquido restante de la botella ha llegado a su estómago antes de que alcance a leer la postdata. Me dice, solo había una botella, pidamos una, en la tienda a la vuelta de la esquina hacen domicilios. Llamamos mientras releemos los textos.
Hubo un tiempo en que ella cerraba la librería y nos extendíamos como gatos entre los estantes, hubo otro en que ella aprovechaba mi presencia para compartir los libros nuevos que a ella le parecía interesantes, y luego entré en el círculo de los secretos. Una confesión para liberarse de una culpa, alguien, ella o cualquiera del círculo la lee y la quema después de haberse aprendido todos los detalles. Ahora estamos en eso, en releernos, en aprender las pequeñas monstruosidades de las que somos culpables. No podemos decirlo, pero cada uno ha escrito que nos hemos comportado como monstruos desalmados con nosotros mismos al permitir que algunas cosas nos sucedan en la vida.
Cuando llega la botella, habíamos hablado de otras cosas, del libro, de la mujer a quien fue dedicado, de la soledad con la que uno se despierta a las tres de la mañana, de nuevos hábitos que nos exigen hablar solos ante el espejo, de los amuletos a los que les encargamos ser el símbolo de la esperanza y la derrota.
Mientras las copas se llenan y vacían, vamos quemando las hojas, la mía, la de ella, las palabras con las que cada uno se desahogó de la furia y la derrota, de la inclemencia y la oscuridad interna que traen ciertas cosas hechas por la carne en complicidad con la mente.
Alguien llega, un cliente nuevo, alguien a quien no he visto antes, se saludan, trae un sobre, en unos minutos vendrá su depositario o depositaria. La mujer no expresa nerviosismo alguno, siente el polvo de las cenizas que aún ondean por el aire, nos mira, no pregunta, no quiere enterarse, no se afana por saber algo de nosotros. Le damos un trago, lo recibe. Mi amiga le lee una página entera con mis versos, parece que no le gustan, y yo le digo, no te afanes por eso, tampoco fueron del gusto de la inspiradora.