Espejos ciegos

I

No se ve la noche en el espejo,
y la oscuridad no busca semejanza.
Hay ceguera en los sexos
cuando se buscan a sí mismos,
y en las páginas, los libros,
saben que par e impar,
aunque se toquen,
están en tiempos diferentes.
No se escribe a la sombra desde la sombra,
una luz debe alumbrar la yema de los dedos,
la tinta es invisible,
aun así,
la palabra que se dicta a la página,
tiñe de color la escritura.

II

No sabemos,
a ciencia cierta,
o mediante la conciencia estadística de los datos
qué tanto deja de ver un ciego.
La virtud de la luz es la prestidigitación;
permite ver las olas cuando está mostrando el océano,
rellena de azul el oscuro vacío del firmamento,
y suponemos ingenuos que el color del mar es su reflejo.
Quienes ven,
sin saberlo,
solo conocen la avaricia de su deseo,
su ceguera es doméstica,
igual que su sabiduría,
no saben qué tanto conocen,
y menos conocen la ceguera
en la que vive cada una de sus miradas.

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