Esta mañana me desperté sin haber escuchado la alarma indicando la hora para levantarme. Dormí dos horas más de las previstas. Estabas a mi lado sentada con las sábanas cubriendo tu cuerpo hasta la cintura, un libro entre las manos, el cabello recogido en una moña de tela y tu rostro abierto para recibir mi mirada. La blusa del pijama había adquirido la forma de tus senos y se alargaba llena de arrugas hacia tu vientre.
— Hola dormilón.
— ¿Se me hizo tarde, cierto?
Mientras me acomodaba para hacerme a tu lado y recibir un beso de buenos días, ibas diciendo, no se te puede hacer tarde, hoy es sábado, no cumples horario de oficinista, tampoco tienes compromisos, excepto conmigo, y yo estoy a tu lado, así que no puedes llegar tarde a cumplirme esta cita.
— ¿Dormiste bien?
— Roncaste menos, por eso dormiste más.
Yo no tengo una relación entre las horas de sueño y mis ronquidos porque duermo casi siempre las mismas cinco horas y si ronco, soy el único que no se escucha. Recuerdo que cuando empezó a quedarse a diario en mi cama las conversaciones sobre esa anomalía respiratoria se volvieron normales. Yo le sugerí que yo podría dormir en la otra habitación para que ella pudiera hacerlo profundamente, pero se enojó con una furia que solo conocí en esa ocasión.
«Oscar, me vine a vivir contigo para dormir cada noche a tu lado, tienes que resolver ese problema o sentirte culpable cada día porque esos sonidos me despiertan sin darme oportunidad de conciliar profundamente el sueño». Este es un pequeño resumen de lo que dijo. Desde entonces la palabra otorrinolaringólogo se volvió común en nuestras charlas cada día. Había estado acostumbrado a beber en cada ocasión que se me diera la gana, pero con ella, tras haber entendido con el especialista que eso aumentaba la condición para facilitar los ronquidos, empecé una abstención silenciosa.
Miré hacia el nochero del lado de mi cama, recordé bien que la noche anterior no había nada en él, y esta mañana estaba su brasier extendido allí como si ese fuese su lugar predilecto. Mientras viví solo, las mesas a cada uno de los lados de mi cama estaban llenas de libros. Cuando empezó a quedarse, la del lado de su cama se llena de libros, y la mía de sus cosas. Las primeras noches, en mi mesa, aretes, anillos, manillas, cremas, y otro número de objetos femeninos. Cuando se acostumbró a mis espacios, empezó a usar los cajones de la mesa, los espacios en el closet, en el baño y, por supuesto, lleno con sus cosas los espacios que estaban vacíos mientras viví solo.
Tras sus hábitos iban cambiando los míos, ya no pude dar mis libros de lectura en la mesa, y empecé a ponerlos en el piso junto a la cama.
— ¿Terminaste de leer el libro anoche?
Te respondí con un sí casi silencioso porque me estabas dando un beso en la boca. Miré tus ojos y me sentí afortunado porque tras el parpadeo la misma luz con la que una noche me respondiste que sí, que traerías el resto de tus cosas a mi apartamento y alquilarías el tuyo.
Cambiaste de posición a tu cuerpo y lo alargaste para aproximarte al mío y luego te encunaste pidiéndome que leyera por ti para quedarte dormida con mi voz repitiendo las palabras del libro. Tomé el libro con una mano mientras en la otra, con la palma abierta sostenía uno de tus senos.
Esta mañana, al tiempo que leía poemas para ti, y repetía los versos que tú pedías, sentía que el día podría hacerse un ovillo y repetir en el hilo de las horas este momento cada día. No te lo dije, pero mi pierna izquierda empezaba a «dormirse» al recibir tu peso sobre ella. Te quedaste dormida y yo decidí quedarme en silencio para escuchar la música con la que respiras, me quedé quieto sintiendo en los pequeños movimientos de tu cuerpo tu vida, te miré con el propósito de aprenderme las formas de tu rostro y de cuello.
Así estuvimos hasta que volviste a estar despierta y reclamaste porque se nos haría tarde para ir a alguna de las citas y visitas que organizas para los sábados. Quise volver a decirle que me amaba la idea de despertarme con ella, así cada día, durante toda mi vida, pero ya sabía la respuesta, «Oscar, la vida tiene un límite, y contigo no quiero límite alguno, prefiero que nuestro amor sea como la mala hierba que nunca muere».