Esta mañana me dijiste, «Oscar, quiero ser tú», siendo esa tu manera más constante de expresar con palabras que me amas. Habíamos desayunado y yo estaba lavando los platos. Te aproximaste por la espalda, pusiste tu cabeza en mi hombro izquierdo, y yo supe que estabas escuchando el sonido del agua correr desde el grifo hasta la cerámica de los platos. Lo repetiste, «Quiero ser tú», esta vez con una voz casi apagada cuyo sonido debió esforzarse más en alcanzar la cavidad de mi oreja. La mordiste, un roce suave de dientes contra el lóbulo de mi oreja.
Preguntaste por mi papá, dije lo habitual, pero tu intención era justificar que esa manera de morderme las orejas es porque una vez estando en la casa de mi familia, preguntaste a mi mamá por qué yo no tenía mascotas si allí había dos gatos y dos perros. Mi papá sin dejar contestar a alguien, dijo en voz alta, «porque una vez cuando estaba pequeño a Osquitar un gato le mordió la oreja». Yo terminé de lavar los platos y me ocupé en barrer y limpiar con un trapo las manchas húmedas dejadas por el agua y por mi poca sapiencia en ese hábito funcional que es el de organizar lo que se ha desordenado al darle uso.
El hábito de dejar que yo elija tu ropa ha sido una constante de cada fin de semana. Fui detrás de ti cuando saliste de la ducha, y estuvimos jugando a te lo pones, te lo quitas, me gusta y te lo quedas. Tras haber estado entre hábitos de casa y juegos de ternura, salimos a cumplir tu itinerario de sábado en la tarde. Cita de odontología, cita con el nutricionista, cita con la mejor de tus amigas. A eso último no lo llamas cita, lo nombras como el momento para ser otra, para ser nombrada con la pasión que da la complicidad de las amigas.
Volví al apartamento caminando, sin prisa, dejando que las piernas fuesen un ser distinto que lleva el cuerpo de un hombre de un lado al otro, simplemente siendo instrumento para cumplir su destino. Y mi destino era llegar al apartamento para organizar los libros en los muebles. Me encontré entre los libros que leíste esta semana a mi libro favorito. Como si hubieses leído a la distancia mis pensamientos, miré en la pantalla del móvil que llegaba un mensaje tuyo. «Amor, no muevas de mi mesa tu libro de Jabès». No lo moví, pero me quedé pensando en que, además de verme cada día, lees los libros que leo, es decir, no tengo un secreto al cual acudir porque sabes de mis lecturas, de las películas que veo, de las opiniones que doy, y de las que me reservo, pero que tú lees en los gestos de mi rostro.
La vajilla de mi apartamento era de porcelana blanca, con unas pequeñas líneas grises, algo así como una nube extraviada en el blanco profundo de la niebla. La había comprado para llenar uno de los muebles de la cocina, realmente ese era el sentido con el que se usaba porque para mí eran suficientes un par de tazas, unos vasos y unos pocillos. Fuimos a un almacén cerca del barrio, tú elegirías los colores y las formas, yo el medio de pago en la caja registradora. Fue un buen trato, yo no hubiera tenido la facilidad para esa estética, tras la elección de los platos fuimos por otros instrumentos de la mesa y la cocina que armonizaban en colores con la nueva vajilla.