Desatinos amorosos

Es digamos de mi propia edad, y mi edad es un asunto incierto, atenido a lo que estipula la contabilidad de mi documento de identidad tengo una, mayor, mucho mayor a la que utilicé cuando hice objeto a esa persona de mi grosería, es decir, aquel día fui de una edad mucho menor, adolescente, de la edad en que la adolescencia confunde responsabilidad con capricho, tosquedad con rebeldía.  No le dije otra cosa diferente a lo que un yo antiguo le hubiera dicho a otro igual, sin madurez alguna, cuando el enojo no puede irse a las manos y lo deja todo en las palabras.

 

Es amorosa la furia, no he conocido otro detonante que a esa velocidad me lleve al enojo y al rabia, estábamos uno tras el otro, haciendo fila para tomar el almuerzo de la mesa, él adelante, yo atrás, quería para mí la gelatina con sabor a limón, parecía ser la última de ese sabor sobre la mesa, los otros postres no me llamaron la atención, él lo escogió, lo puso en su plato, cuando yo tuve la oportunidad ya era tarde, mi plato debió aceptar con resignación poner un postre hecho con dulce de frutas.   Es el novio de la mujer a quien le he empeñado muchos de mis silencios, a la cual he ofrecido simulacros nocturnos del fatigoso amor corporal.

 

En el diccionario de la real academia de la lengua el significado para “dignificar” es: hacer digno o presentar como tal a alguien o algo, y parece que esto estaba buscando para mí, no para él, él iba unos pasos adelante, ya en la caja estaba entregando el dinero para hacer el pago de su almuerzo, le propuse el intercambio, él sonrió, me pareció que era el mismo tono de su sonrisa cuando me saludaba al estar con su novia, yo lo percibía como una burla, fue el único momento en el que podría haber detenido mi enojo, dije, «vale, gracias», continué, arrastré al planeta con mis pasos, tuve que usar toda mi fuerza para que él continuara en su movimiento, me pesaron todos los días vividos por la tierra y sus astros.  Pagué, la mujer detrás de la caja me sonrió con una ternura propia de la hermandad de quienes han sido derrotados, reconoció en mí una víctima como ella, acepté de buena gana la propuesta, sonreí también.

 

Encontré la mesa, una adecuada para el momento, con vista a la calle, una desde donde podría sentir que me hablaba el ambiente para poder olvidar rápidamente la sonrisa del novio de la mujer de mis gustos, quizá funcionó un rato, durante ese tiempo usé los cubiertos de manera mecánica, mastiqué, bebí, hice al almuerzo parte de mi estómago sin notarlo demasiado.  Crucé la mirada sobre la hora en la pantalla del celular, me pareció que en una hora como esta sería el fin de la humanidad, todos tan tranquilos alimentándonos mientras que una plaga silenciosa hacía lo mismo con nosotros hasta dejar solo tierra y plantas, virus y bacterias.

 

Levanté la mirada hacia las otras mesas, no había querido hacer esto, pero algún instinto innatural me propinó esa derrota, vi hacia las mesas como si quisiera decirles, «es tarde, es tarde, vámonos, dejemos esto para siempre, nada aquí nos convoca.»   Lo encontré a él en una de las mesas, ya concluía su tiempo de alimentarse, observé su plato limpio, en cambio, el postre, la gelatina con sabor a limón estaba intacta, vi cuando antes de terminar de levantarse metía su dedo anular en el cuerpo del postre, luego lo limpiaba con una servilleta y se iba sin haberlo probado.

 

A los diez años fui internado en un hospital durante cinco semanas y tres días, la única comida que tenía algún sabor para mí era la gelatina, me la daban con una cuchara, una enfermera de ojos negros y sonrisa amplia, mientras yo iba comiendo ella cantaba, y su canto me producía el alivio del que no eran capaces el suero, las inyecciones, las pastillas.  La novia, la del usurpador de postres se parece a esa enfermera, su voz, igual canta, y lo ha hecho para mí mientras hemos estado concentrados en el trabajo, con un tono apenas audible va cantando, claro, después de haberme preguntado cuáles son mis canciones preferidas, y las canta, a veces me ha dicho, «es un tributo a tu silencio porque eres quien me escucha, es un tributo a mirada que sin manos me desnuda»

 

 

De alguna conversación o de una lectura recuerdo esta frase, “dignificar a mi interlocutor”, eso no pude hacerlo, fui tras él dejando inconcluso mi almuerzo, lo dejé adelantarse una calle, yo sabía a cuál lugar iría, entonces me devolví, tomé el postre de su mesa, alargué mis pasos y fui rápido hasta donde él va al medio día a encontrarse con ella para tomar café y charlar, supongo yo de su trabajo, ella del que adelanta conmigo cada día, él del suyo, eso supongo.  Llegué al lugar, miré hacia la barra, los vi, estaban pidiendo el café, observé hacia la mesa en donde les gustaba hacerse, también yo había estado con ellos conversando ahí.  Desde esa mesa se puede ver hacia una fuente de agua que está en el parque, al medio día la activan y se siente el aire lleno de pequeñas gotas húmedas, huele a aire recién lavado.

 

Puse el postre en la silla, la que él escoge como propia, caminé hasta la barra, ellos estaban más adelante recibiendo su pedido, pedí para mí un café grande, nada más, me vieron, nos saludamos, él como si no me hubiese visto hacía unos minutos, ella siempre dulce conmigo se acercó, me di un dulce de chocolate, el que le dieron de postre en el lugar al que fue a almorzar, nos dijimos una y otra cosa, nada importante que nos hubiera pasado en apenas una hora que habíamos cada uno salido del mismo lugar de trabajo en donde nos separamos para cada uno almorzar con sus amigos.

 

Él caminó con la bandeja sostenida sobre su mano izquierda, yo la retuve a ella unos segundos más, los necesarios para que él antes de sentarse tuviese que buscarla, y al hacerlo no fijarse en la silla, solo sentarse en ella, eso, solo sentarse en ella mientras yo le daba un beso en la boca a su novia sin que él pudiera vernos.

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