He estado en la mañana pensando en una mujer que me gusta, quizá la única en la que pienso del modo en que lo he estado haciendo, ha sido una exploración de su voz, de la forma de su rostro, en la vecindad de cada palabra antes de ser nombrada en mi pensamiento aparecía un poco su sonrisa, otro tanto sus ojos, la manera en que pone en su cabello una moña, he escalado por entre su voz y enumerado las palabras que más usa. Me sé sus cicatrices, el orden en que han sido puestos al azar sus lunares, una que otra de sus fatigas. He estado aquí en el mismo lugar desde donde abarco la mañana con mis ojos yendo tras ella. Me gusta, he puesto su nombre en un diccionario de emociones donde ella es sinónimo de muchas, por ejemplo de alegría, de esta alegría que surge de suponer que también ella me está pensando.