Enquistaciones

De los ocho reunidos en la mesa, cuatro fueron mis amigos de universidad, los otros los había conocido de manera casual en algunas clases, sin que tuviese suficiente confianza para incluirlos en una lista de amigos. Ahí estábamos todos, cada uno pidiendo un plato de comida, la bebida la habíamos escogido en conjunto, una botella de vino, yo no sé por qué vino, la mayoría preferían aguardiente y los otros cerveza, aún así la botella de vino apareció, hicimos un brindis, y quizá por eso la pedimos, por el brindis, luego desapareció y pedimos una botella de aguardiente con cervezas para cada uno.

Las conversaciones aligeraron la espera, la comida tardaba y los tragos se apropiaban del tiempo de espera, primero el que habló de las bromas, el que las repitió y las risas, luego las historias de quienes no estaban en la mesa y las burlas respectivas, todos hombres educados en el machismo, seguimos la conversación sobre las compañeras y sus novios, más sobre ellas que de ellos. Solo hablamos de la familia cuando los platos estuvieron servidos en la mesa. Hijos, esposas, matrimonios, separaciones, otros matrimonios, grados, pérdidas.

Uno de quienes no incluí en la lista de amigos habló de su hija, de una muchacha de 21 años que se había ido a vivir con algún vejestorio durante dos años, afortunadamente según dijo, a los 23 recuperó la cordura y lo abandonó, ahora tiene un nieto de tres años y su hija vive en casa. La historia se me atravesó del único modo posible, mis historias fueron de trabajo y alejé cualquier punto de conexión con mi vida íntima, no respondí a pregunta alguna sobre las mujeres con las que viví, menos sobre los enamoramientos, hacía una síntesis diciendo, vivo solo, no me tocó la exultación de los amores, ni la enquistación de las separaciones.

Uno de mis amigos, no de los que se encuentran en la mesa, con cincuenta y cinco años de vida, se fue a vivir con una mujer de 21 años, a los 22 fue cuando yo la conocí, no eran felices, ella se aferraba a su decisión y no quería volver a su casa sintiéndose derrotada, él creía que a la muchachita le faltaba madurar y poco a poco se iría acomodando a la vida de los adultos. Durante varios meses fuimos amantes, mi amigo se había realizado la vasectomía, ella quedó embarazada antes de cumplir los 23, él estuvo de muerte durante esos meses, ella mantuvo el secreto y yo la cobardía.

En el séptimo mes de embarazo mi amigo le pidió que abandonara su apartamento, ella le juró que el hijo solo podría ser suyo, él no le creyó. Yo no supe del niño hasta cuando cumplió un año. Ella caminaba por un centro comercial, iba con él de la mano, nos encontramos viendo piezas de ajedrez en una vitrina de objetos curiosos. El temblor fue mutuo, el roce de las palabras y la respiración mantuvieron el lugar estático. Sonrió del único modo en que reconozco una sonrisa, deliré con mis ojos al mirarla, ella hizo un gesto claro con su mano para impedir un saludo efusivo.

Mientras veíamos una torre y un caballo con una nota extensa en un pergamino, íbamos hablando, me dijo de la paternidad, del padre real, de su vida en casa, de estar enamorada y no querer extender a la realidad ese enamoramiento, suficientes confusiones con su familia, no sabría cómo explicarles que ahora se tendría que ir a vivir con otro hombre de la misma edad del otro, y al tiempo confesar su infidelidad. Leímos el pergamino, dos piezas hurtadas de un club de ajedrez en Londres, una explicación de la circunstancia en que ocurrieron los hechos.

Fuimos entre piezas, explicando y entendiendo, poniendo una lágrima en la mirada y secándola rápidamente, el niño sostenido por los brazos de la madre, de pie unos instantes antes de sentarse en el piso y tomar algún objeto destinado a guardar el polvo del lugar. El lugar, una tienda en la que venden objetos normales a los que las personas le adjuntan una historia, en la historia revelan el origen del objeto, la realidad alrededor del mismo, o la singularidad de sus dueños, el comprador realmente obtiene una historia más que el objeto. La historia relatada en el pergamino tiene un sello con el cual acreditan la veracidad de la misma.

Una botella de aguardiente anisó la charla, el recuerdo de los bares y los burdeles a los que asistimos, la novia de alguien que fue novia de los otros en secreto, el rencor antiguo a algún compañero o un maestro. Historias de más, muchas tonterías para la adultez con la cual el tiempo nos había firmado en la cara la edad, el tiempo transcurrido desde cuando nos graduamos. El hombre pasó de la narración sobre su hija a comentar sobre autos y fincas, los demás lo siguieron, yo con ellos, al final de la noche, cuando todo prometía terminar en otro bar, él hombre insistió en llevarnos a su casa, buen trago y la posibilidad de estar tranquilos hasta el siguiente día, con promesa de asado y más bebida.

En la puerta, un par de taxis nos recibieron para luego alcanzar la avenida y seguir hasta llegar a la casa, una casa grande donde sin duda alguna podríamos hacer el asado, beber hasta el cansancio, y no ser notados por los vecinos. No hagan mucho ruido, eso dijeron todos, no queremos despertar a la esposa de este, luego lo castigan por borracho, yo también, para mí dije, no hagan ruido, el niño se despierta.

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