Casualidades

No era posible predecirlo, no era posible evitarlo, el hombre tras el mostrador nos entregó a cada uno la bolsa correspondiente a la compra, yo caminé hacia la puerta mirando la pantalla del celular, ella fue hacia uno de los estantes a observar otros libros. Al pasar por un lugar en donde una cesta estaba disponible para tirar la basura, decidí dejar la bolsa, la abrí, me quedé con los dos libros en la mano y lancé lo que sería basura al tarro, seguí unos metros más hasta que al reconocer los títulos del libro supe que uno estaba en mi lista de compras y el otro no. Volví a la librería, me acerqué al mostrador, ella, como una repetición estaba hablando con el hombre, el mismo reclamo, uno de los libros no es el que compré.

Alguna inteligencia casual apareció en el hombre, nos miró, pidió los libros, y nos interrogó sobre la lista correcta, nos cruzamos los ejemplares, al unísono dijimos, este es el mío, “Mientras ellas duermen” de Javier Marías, ese era el suyo, en cambio, yo tenía un ejemplar de “El diario de Adán y Eva” de Twain. Aceptamos cada uno a su modo las excusas del hombre, nos quejamos en tonos diferentes y sin atrevernos a charla alguna tomamos el camino hacia la salida. Ella, pienso que por la afición a la perfección de las mujeres, me llamó, sin nombre, una especie de saludo a un desconocido, yo giré, y me aproximé dudando acerca de mi propiedad sobre los libros.

La duda fue fácil de resolver, tener certeza acerca del libro que no intercambiamos. “Lo bello y lo triste” de Yasunari Kawabata. El mismo, ella consultó acerca de la edición y el traductor, y con razonables dudas acerca de la unicidad decidimos creer que el libro era el mismo por el cual habíamos pagado. No sé de dónde, no sé por qué, le dije, “Lo bello” es haber tenido esta casualidad contigo, “Lo triste” es no extender esta circunstancia para seguir viéndote. Y se quedó viéndome sin apetencia, y me quedé viéndola sin premeditación, no sonreímos, solo pusimos el rostro apropiado para dos desconocidos que como en una escena de novela deciden ir por un café sin proponerse otra cosa que leer la primera y la última oración de una novela. “Eran seis las butacas giratorias que se alineaban sobre el lado opuesto del vagón panorámico de aquel expreso a Kyoto”. “Las lágrimas seguían brillando en ellos cuando miró a Otoko”.

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