El olvido que empieza

Yo leía poemas de un poeta chileno; sin una voz adecuada para la recitación las palabras se espaciaban para poder dar aire a mis pulmones, así iba leyendo mientras ella escuchaba mirando unas veces mis manos y otras los ojos y la boca. Dos o tres poemas después ella tomaba uno de los libros de su escritor favorito y un par de hojas, un fragmento llegaba desde su voz a mi oído, a diferencia de ella, yo no podía ver más que su boca.

Quizá por la curiosidad propia de quienes van al lugar, fueron acercándose a nuestra mesa, también nuestra voz era escuchada por ellos. Un par de niños estaban aún más cerca y parecían acusarnos de conocer secretos.

Ella tomó uno de mis libros de poemas, está vez de un poeta colombiano que le reza a los amores imposibles, empezó sin fatiga, y en el segundo poema, un cansancio resuelto a extenderse en su boca le acariciaba la voz antes de volverla palabra en el viento. Fue en el cuarto poema cuando me aproximé para tomar por asalto un beso en su boca.

Antes de que la caricia pudiera alabiazar en un beso, puso una hoja que sujetó el beso, y me dijo:

– Atrapé tu beso y ahora será mío sin que pueda escapar de esta hoja.

Sin que pudiera defenderme, y es cierto, no quería hacerlo, ella puso su boca en la mía y me susurró la palabra que define la acción que cometía. Esta vez dijo:

– Además de tener tu beso en mi hoja, ahora cuando tú beses estarás haciéndolo de la manera en que yo pronuncio la palabra.

Tomó su libro, escogió otra página para leer, al tiempo los niños que estaban cerca reían

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