Sinencuentros

La mujer arqueo su cuerpo para levantar del piso junto a su silla una servilleta que había caído de su mesa, no debió prever que la posición de su cuerpo permitiría a su escote dar paso a la mirada tímida de Pedro que estaba llegando al lugar.

Ella tomó no supo quién la miraba, puso instintivamente la mano sobre el pecho, cerró la ventana a sus formas y levantó la mirada con descuido, no esperaba ver a nadie, no esperaba sorprender a alguien observándola.  Sentada cómodamente volvió a mirar su teléfono, leyó un par de mensajes, ignoró el ruido de un auto que en la calle cercana frenaba bruscamente, dio paso a un sorbo del café, ajustó sus lentes, volvió a sentir que una luz tibia se filtraba sin excusa ni permiso por la tela de su blusa.

Puso una arruga invisible en su frente, se atrevió a mirar a todos a su alrededor, vio a un hombre en la mesa próxima que giraba la cabeza, ese rufián era el atrevido que la miraba, clavó en línea vertical el puñal óptico hasta que quiso convencerse de que él había sentido la mirada inquisidora sobre su cuello.

Volvió a levantar la cabeza, repitió la ruta visual, esta vez el hombre estaba buscando en una tablet, se le veía afanado, concentrado plenamente en la actividad, ahora ella sintió que estaba invadiendo la privacidad ajena, pensó que era una venganza obligada. Pedro siguió buscando en la tablet, no se le veía incómodo por la mirada, de hecho no sentía que estuviese siendo observado.

Ella estaba con el teléfono en la mano, iba a marcar un número de teléfono para apartar una cita en el centro médico, el acostumbrado control para prevenir afecciones en el cuerpo. El hombre se aproximó, con una disculpa se presentó, ella recordó la voz, no la asoció con un nombre, ni siquiera con el rostro, aún así sabía que esa voz hacía parte fundamental de su memoria.

Pedro, después de unas disculpas sinceras, le pidió un momento para mostrarle una fotografía, ella accedió y le pidió tomar el sitio en una de las sillas, él no se sentó, solo le mostró la tablet, ahí estaba una mujer como ella, unos años menor, y entonces supo que el hombre había estado viendo el collar en su cuello, la medalla colgando hasta su pecho. Un arco iris hecho de piedras preciosas que ella había recibido de regalo, no sabía de quien, no sabía cuándo, su memoria había perdido ese tiempo.

La primera intención fue huir, se sentía descubierta aunque no supiera de qué, o por qué. Pedro, le habló de una ciudad, San Diego, ella juró no conocerla, al tiempo las fotografías de ella siendo más joven aparecían una y otra vez sobre la pantalla. Una gota de sol se clavó en sus ojos, los cerró, voces hechas gotas cayeron en sus oídos, la mano sufrió temblores mínimos, el nombre, Pedro, le pareció familiar, demasiado cercano para ser un desconocido, abrió la boca, era innecesario hacerlo, solo la abrió para nada.

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