Espectador

Hay un parque por el que camino cuando vengo de la casa de mi hijo hasta mi apartamento. Los fines de semana se llena de vecinos que se reúnen alrededor de asadores y de una que otra bebida alcohólica, por supuesto también de niños que juegan y de abuelos que caminan o atraviesan el parque en bicicleta. Esta tarde de domingo camino somnoliento por el costado occidental, veo venir a un muchacho montando velozmente una bicicleta, detrás de él se escucha un grito con vatios ecos —Cójanlo. Medido el tiempo en segundos apenas vi al muchacho, lo dejé pasar porque no sabía si era a él u otro al que perseguían. Una cuadra adelante alguien empujo al muchacho, lo hizo caer al piso, quiso levantarse pero un hombre con una contextura física superior lo sostuvo agarrándolo de la chaqueta.

Varias personas pasaron corriendo a mi lado, antes de que yo diese cuatro pasos el muchacho estaba rodeado de cinco personas. El hombre que lo había sujetado el dió un golpe en la boca con la parte interna del puño de su mano derecha, con fuerza lo tiró al piso y sin que los gritos de ladrón acompañado de groserías se callaran un par de jóvenes que venían en en sentido contrario al origen de la carrera del ladrón le dieron patadas en la espalda. El muchacho se cubrió el rostro mientras que patadas iban y venían a su cuerpo.

Me hice a unos cinco metros, me puse a observar quienes lo golpeaban, a escuchar las voces de quienes se habían acercado. Una mujer pidió dejar de pegarle y llamar a la policía, una joven adolescente decía que si robaba una vez y no le hacían nada volvería a hacerlo, el ladrón que no había visto a su víctima decía que él no había robado nada, una señor de edad mayor le decía al muchacho que era una vergüenza que siendo tan joven estuviera robando y no trabajando. La boca del muchacho sangraba.

Un señor con cabello cano se acercó tomo su bicicleta, cogió al muchacho por el cabello, alguien aprovechó para pegarle nuevamente. Lo levantaron y condujeron hacia donde se había originado el robo. El muchacho iba disculpándose con el anciano, decía cosas que yo no lograba entenderle. Detrás de él iban las patadas y los empujones. Alguien llamaba desde el celular a la policía, a la víctima le pidieron que se quedara para hacer la denuncia, el muchacho pedía que no lo de denunciaran, que suficiente eran las patadas, que le habían roto la cara. Un joven, no más de dieciséis años se impulsaba unos pasos y le caía con las dos piernas, en una patada única sobre la espalda, el muchacho se doblaba conta el pasto.

Un joven que estaba con la novia, a mi lado, le decía a ala novia que ya deberían dejarlo quieto y esperar a la policía, la novia pedía que lo siguieran golpeando. Amenazaron al ladrón con echarle gasolina, con dejarlo desnudo y atado a un poste. Seguí observando y escuchAndo un poco más, unas personas se fueron otras comenzaron a narrar historias en las que a los delincuentes les marcaban la cara con un cuchillo para reconocerlo. El muchacho se disculpaba y mostraba la sangre, según él la deuda estaba saldada.

 

Oscar Vargas Duarte

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