Carta

Es una hora ciega y dada su ceguera no sabe en que lugar del reloj se encuentra. Hace poco un par de fantasmas se acomodaron en las sillas, uno enfrente, el otro al lado, de la mesa en la que estoy. Sus cabezas están casi en la hoja, quieren ver que escribo. Les he dicho que es una carta, a quién, digo que a ti. Uno de ellos quiere saber si eres bonita, sonriendo respondo que sí. Se interesan por… tus formas, te describo, no me creen, no hace falta les digo, se sorprenden cuando me oyen hablar de la voluptuosidad de tu voz. Digo que eres muy inteligente. Preséntala, preséntala, empiezan a gritar.

No puedo escribir mucho mientras ellos ponen la cabeza en el papel. Uno me observa, el otro mira lo que escribo. Es asombroso ver que parecen una sola cabeza con dos caras. Están criticando lo que escribo, les molestan mis palabras, no puedo borrar, es tinta y no tengo como hacerlo. Pasa una mujer bonita, quieren saber si eres como ella, les digo que no. Tu belleza está acompañada de plenitud. Los fantasmas saltan y aplauden, plenitud, plenitud.

La hora sigue ciega, los fantasmas están parados sobre la mesa. Dos ancianos pasan, yo los saludo, ellos responden a mi saludo, les hago una señal de que se les ha caido algo, se giran, es una bolsa, me acerco hasta la bolsa, la levanto y se las doy. Uno de los ancianos nota que mis manos están marcadas con puntos de tinta, le explico, estoy escribiendo una carta para una mujer hermosa, aplauden. Me preguntan acerca del correo electrónico, les digo que está bien así, escribo mejor con la mano. Les parece graciosa mi respuesta.

Los fantasmas siguen en la mesa. Leo lo escrito, hago gestos, me imitan, repito la mueca en el rostro, la imitan y exageran, me río. El mesero trae un whisky, lo observo sorprendido, me lo enviaron, los ancianos están en otra mesa, pido hielo. Con hojas en blanco y un bolígrafo se aproximan a mi mesa, los invito a sentarse, los fantasmas se enojan y se van.

Me proponen escribir a nombre de ellos unas cartas para unas antiguas amantes a las que hace mucho no ven. Al comienzo me siento incómodo con la idea, pero luego de que piden una botella me parece interesante hacerlo. Tomo el bolígrafo de ellos, el papel que hab traído es elegante. Empiezo a escribir, me piden ser amoroso y dulce en extremo. Bebo, escribo, los fantasmas han vuelto, empujan mi silla, se cuelan helados por entre mis piernas, me hacen derramar el trago.

Van dos horas mudas en las que no hago más que escribir de manera adornada lo que los ancianos quieren. Bebo y escribo. La carta para ti espera en la mesa. Termino, ellos firman con unos nombres que no son los que me han dicho. Ahora se van, me cuentan que llevarán personalmente las cartas, las dejarán en el lugar más apropiado.

La botella está vacía. Piden otra, pagan, pregunto acerca de donde dejarán las cartas, no me gusta lo que dicen, las pondrán en las tumbas de las mujeres, hace rato están muertas. Los nombres que usaron como remitente son los novios que en su juventud tuvieron esas mujeres antes de casarse. No le encuentro la gracia. Me explican. Los viudos van diariamente a modo de visitarlas a ellas, dejarán la carta en donde ellos puedan encontrarla fácilmente. Una pequeña venganza. Me molesto, sonríen y se van.

Los fantasmas vuelven. Me tratan mal, dicen cosas feas de mi. Alego acerca de que a ellos no debe importarles. Se paran frente a mi, ahora son dos dulces ancianas. Empiezan a llorar, ahora nuestros esposos van a sufrir.

Vuelvo a tu carta. Las mesas alrededor están llenas. Pienso en tu rostro, en tus ojos, en los aretes que llevas, unas veces tienes uno en tu oreja izquierda y dos en la derecha. Sirvo un trago de la botella. Los fantasmas insisten en que debo llorar con ellos, ya les hablo en voz alta, la gente me observa, los fantasmas ignoran lo que escribo. Pasan una mujer y un hombre, están ebrios. Yo también. Me levanto de la mesa, los fantasmas también.

Alguien quiere la mesa en la que yo estaba, le recomiendan otra, el le mesero le advierte que en esa mesa pasan cosas raras, se sientan, los fantasmas me dejan solo, se devuelven a su mesa, voy cantando una canción, escucho un grito. La calle está fría

Oscar Vargas Duarte

 

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