Ya no sabremos más de él. El hombre se despierta

A las nueve de la mañana llegó, pasó a la barra, pidió un café, taza mediana y sin azúcar. La mujer que lo atendió le dio el cambio, dos billetes y unas monedas, con la mano derecha guardó el cambio en el bolsillo de la chaqueta, con la izquierda recibió el café. Pasó a una de las mesas, escogió la silla, se sentó, dobló la servilleta que recibió con el café, se quedó viendo el líquido oscuro, tomó un sorbo, luego otro, dejó la taza sobre la mesa, la movió hasta el centro del mueble, luego cruzó los brazos sobre la mesa, dejó espacio en ellos para poner la cabeza, dobló la espalda, dejó su cabeza sobre sus brazos y se quedó dormido.

Yo llegué al café quince minutos antes, pedí un té, me senté en la mesa de la esquina, desde ahí se ve todo el lugar, antes de beber el primer sorbo me mordí las uñas de los dedos anular e índice, un mal hábito, luego cuando probé el té me supo a mercurio, yo nunca he probado el mercurio, a la mujer detrás del mostrador le pareció convincente mi reclamo, aceptó cambiar el té por un café, recibí la taza y volví a la mesa. Lo vi cuando llegó, se acercó al mostrador, caminaba ladeando su cuerpo hacia su pierna derecha, volví a comerme una uña, el mismo dedo, la verdad no es que me coma las uñas, solo las muerdo, mientras mordía la uña el hombre se sentó y se quedó dormido.

La mujer detrás del mostrador, al igual que yo, ve al hombre dormir, una chaqueta roja, un pantalón azul, en su mano izquierda un reloj blanco, un reloj moderno, me pareció a mí un reloj nuevo, la chaqueta no alcanzaba a cubrirlo, no tenía aretes en sus orejas, el cabello era corto, recién cortado. Yo miro a la mujer del mostrador, ella me sonríe, una sonrisa que nos compromete a ambos, nos hemos descubierto observando al hombre que duerme sentado en la silla. Usa unos zapatos tenis de color negro con unas líneas blancas a los lados, tiene los pies uno junto al otro, como en posición militar de firmes, el café ya debe estar frío, la mujer ha salido a levantar lo que hay en otras mesas, toma las cosas y las tira en una caneca que está en una esquina, pasa por detrás del hombre y mira abajo de su espalda, la billetera está en el bolsillo derecho, se alcanza a notar un poco.

El hombre sigue durmiendo, solo se nota su respiración, lo hace de manera cansada, casi es imposible suponer que en el siguiente segundo lo hará nuevamente, el cuerpo apenas se mueve, es imperceptible el movimiento de sus pulmones. Quedan apenas unos minutos para las diez y cuarto, la mujer vuelve a salir, yo la miro, me acerco a ella, no necesitamos hablarnos, vemos al hombre, no parece respirar, nos acercamos, ella se hace en la parte de adelante, pareciera que va a levantar las cosas de la mesa, yo me hago atrás, en el reloj quedan unos segundos antes de los quince minutos, es un reloj con alarma, no reproduce sonido, solo se siente una vibración en la muñeca, a las diez y cuarto es la cita con la persona que está a punto de entrar, el reloj vibra, el hombre deja de soñar, la mujer y yo desaparecemos, se despierta, mira hacia la puerta, ya no sabemos que más pasó con el hombre.

Oscar Vargas Duarte

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