El despertador llama

A las cinco y veintitrés minutos el teléfono timbró, el sonido pareció golpearse con todos los objetos de la casa obligándolos a repetirlo.  Ella estaba despierta, hacía ya varios minutos que se había despertado, ya había iniciado la rutina acostumbrada.  A esa hora el teléfono era un mudo objeto decorativo que nunca se hacía notar.  Se acercó, tomó el teléfono y sintió que sus manos temblaban.  Sus tres hijos estaban en frente de ella, se habían  acercado invitados por el timbre.

Todos, a cualquier hora del día, cuando estaban en la casa observaban hacia la mesa en donde permanecía el dispositivo tecnológico, se había convertido en el objeto más visto, a veces uno u otro se acercaba a revisar que estuviese conectado y tuviera tono, se ocupaban porque mantuviera sus señales de vida.

Seis meses atrás, su mundo había sido convertido en una tragedia, su esposo había despertado como todos los días a las cinco de la mañana, a esa hora iba hasta el cuarto de su hija menor a apagar el despertador, siempre el mismo regaño – Debes apagar el despertador,  y la niña contestaba, ya estaba despierta, pero tú debes venir a apagarlo. Caprichos de niña que se aprovechaban del amor de padre.

Ese día fue hasta la habitación, apagó el despertador y empezó la rutina con sus otros hijos, al final los tres estudiantes estaban listos para salir al colegio, él preparado para ir a la oficina, y la esposa lista como ellos para salir a su trabajo.  Él caminó hacia la puerta de salida, de pronto dio un giro y calló, sin más, como si fuese una cometa a la cual le ponen un peso con el cual no es capaz de elevarse.

Ruido de ambulancias que presienten dolores y angustias, eso pensaba ella cuando las escuchaba lejanas, ahora la tragedia estaba en su casa.  Salieron todos, los niños obligados a ir al colegio, ella con el esposo en la clínica.

El médico de turno llamó a un especialista que se reunió con otros expertos como él y ella tan solo observaba la palidez de su rostro reflejado en un gran vidrio, desde el cual pensaba que la veían los practicantes de psicología – la tragedia del mundo en los ojos de una mujer que llora.

Al final del día cuando debió llamar a sus hijos para contarles, repitió lo que había dicho el médico de turno, el especialista, uno de sus amigos que practicaba medicina, lo mismo que le contó a sus amigos y a los amigos de su esposo: él estaba en estado de coma y no había una manera de determinar la fecha en la que saldría de ese pozo oscuro.  Ella no se ocupó en preguntar por el origen de la enfermedad, no se afanó por saber cuál sería la medicina para tratarlo, no quiso saber cuál era la estadística acerca de este tipo de situaciones, su único interés era saber cuándo su esposo volvería a mirarla desde lo profundo de sus ojos color café.

Durante los días que le sucedieron al incidente, ella fue a diario, un día iba con la hija mayor, otro con el hijo pero nunca llevó a la niña menor.  A veces iban los tres y dejaban a la niña con los abuelos.  Al principio la recomendación de los médicos fue por un tema de salud pública, un virus que había generado muchas muertes a nivel mundial podría contagiar a la niña de siete años.  Luego, a ella no le pareció prudente llevarla y entre todos le contaban historias acerca del papá, no le mentían acerca de la salud, pero si le ponían un color diferente, así unas veces le decían que él debía ayudar en la clínica, que se había quedado dormido, que allá la asustarían, que una cosa y otra para no comprometerse con ella a llevarla hasta la clínica.

Ella supo que la mano le temblaba al tomar el teléfono, entonces se ayudó con la otra para evitar que sus hijos pensaran que ella tenía miedo, el miedo la consumía desde hacía días, tenía la sensación de que el teléfono sonaría y al contestar la voz al otro lado de la línea diría – él ha muerto.

El teléfono se dejó ahuyentar por el silencio antes de que ella dijera el primer aló, en el tercer aló de la madre sus hijos dijeron, cuelga, seguro marcan otra vez.  Varios segundos, un segundo es un iceberg insuperable cuando uno sabe lo que quiere y lo que teme, más si las dos cosas están en extremos, eso pensó ella mientras esperaba.

La niña menor dejaba el reloj despertador que siguiera sonando, ella debía ir a apagarlo, al comienzo eso le irritaba, pero debió aprender a hacerlo porque la respuesta al regaño era que el papá siempre lo apagaba, así que era soportar el pitido irritante o explicarle con detalles amargos la nueva realidad que los asistía. Una semana antes, un amigo le recomendó decirle la verdad a la niña, así que ella, esta semana  cada día le fue contando acerca del asunto, un día un poco, otro día otro tanto, así el día anterior llevó a la niña a la clínica.  La niña estuvo junto al cuerpo de su padre jugando con el pijama con el que lo vestían, alguien había tenido la idea de comprar uno con imágenes de aviones y trenes, parecía un pijama de niño.

Esta mañana, la mamá se sintió extrañada cuando ni siquiera escucho el pitido del reloj despertador, fue hasta donde la niña y ella estaba ahí, preparándose para salir al colegio.  Se sintió aliviada porque ese ruido realmente la irritaba, le daba pena que su hija notara en su rostro la molestia que le causaba.

El teléfono volvió a sonar.  Ella contestó, aló, si, con ella, claro.

Sus hijos vieron como una lágrima y luego otra y otra asaltaban las mejillas de su madre, notaron que las lágrimas humedecían una sonrisa que apareció de pronto, en ese instante le decían que el esposo se había despertado a apagar un reloj despertador que estaba debajo de su cama.

Oscar Vargas Duarte

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s