Jarabe para la resaca

Amaneció, todo alrededor indicaba que el amanecer del día había sucedido, aun así, por dentro de él una sensación de oscuridad sin límite se sucedía impidiendo que pudiera sorprenderse por la luz de la mañana. Dio un giro en la cama, tomó la almohada y se cubrió con ella la cabeza, estuvo así durante varios minutos con el propósito de congelarse sin reconocer el tiempo.

Abandonó la almohada, se extendió como un Cristo crucificado en la cama, vio hacia el techo, reconoció un orificio, respiró hondo y volvió a tragarse el olor, mínimo en ese instante, de la pólvora quemada. Se desprendió de la postura extendida, recogió sus piernas, abrazó el estómago y encogido siguió sintiendo frío. Escuchó los ruidos que venían de la puerta hasta sentir la presencia de un hombre al lado de su cama.

El hombre lo observó sin ofrecerle saludo alguno, se acercó a la mesa, tomó el revólver que estaba junto a un vaso sucio, limpió el vaso y junto con el arma lo guardó en una bolsa. El hombre se retiró del cuarto, apenas hubo ruidos perceptibles, debía llevar el arma a otro lugar, alguien más lo había pedido en alquiler para suicidarse, él ofrecía de cortesía un jarabe para la resaca, en caso de que el suicida no pudiera con el rito de la muerte ante el revólver, un jarabe para calmar la ansiedad, para quedar tranquilos sin pensar si algún día volverían a intentarlo.

No contaba él a las víctimas que el jarabe estaba endulzado con veneno, el negocio no sería próspero si sus clientes no obtuvieran lo que desde el principio quisieron.

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