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Bogotá, 7 de agosto de 2009

Anoche dormiste sola, yo también. El frío de mi ciudad se acomodó al
lado derecho de mi cama, yo huía hacia la izquierda y el frío se
mantenía magnético en el otro extremo. No podía fugarme porque la cama
es finita y en el otro extremo una tibieza lenta se iba acomodando
sobre mis piernas, luego subía a la cabeza. Una noche, claro diferente
a esta, nos cubrimos con una sábana y dejamos la luz de la lámpara
encendida, dijiste que leerías todo aquello que veías escrito en mi
espalda, apenas empezabas la lectura me decías que las letras se hacían
borrosas y no podías leerlas; eso te enojaba mucho, decías que no era
posible que pudieras saberlo todo, verlo claro, explícito ante tus
ojos, pero que apenas empezabas a nombrarlo todo se escondía. Siempre
te repondí que no podía hacer nada acerca de eso, solo tú veías esas
líneas, solo tú las interpretabas. Cuando tu enojo subía de tono,
entonces yo esgrimía mi rostro de asombro y te decía: no se que está
escrito en mi espalda, no se que puedes leer de ella, yo me miro a
diario y no reconozco en mi piel otra cosa que no sea tu nombre
intensamaente repetido.

Tu soledad en modo alguno se parece a la mía. No somos extremos y
tampoco espejos, es por eso que mientras dormías con un brazo extendido
y el otro debajo de tu cuerpo tratabas de olvidar el oscuro sueño al
que te transportas cada noche. Odias ese silencio imaginario en el que
crees se cocina tu sueño, no te gusta pensar que algo ocurre a tu
alrededor sin que tú sepas lo que es, peor aún, suponer que algo ocurre
en tu sueño sin que tú lo controles, por eso algunas veces pasas
despierta toda la noche y en el día debes comulgar con café casi todas
tus palabras porque no estás dipuesta a permitirle ventajas a ese temor
que le tienes a estar dormida. Yo también le temo al sueño, en modo
diferente, me salpico el pensamiento con ideas que surgen repentinas
como si hubiesen estado atadas a la almohada y con ellas llegaran los
interrogantes que la noche quiere revelarme. Yo no quiero saberlo, le
temo, es imprescindible para mí mantener todas las dudas ocultas, no
quiero saber si mañana cuando vea el rostro de un policía en la esquina
voy a descubrir que tiene alma de asesino, como todos los asesinos
disfrazado de protector innecesario. Yo temo conocer la verdad
completa, sineto que el sueño es revelador, que en él todo lo descubro,
entonces, la oscuridad que ciega, y ese silencio profundo que se parece
a la muerte me son objeto de miedo y desazón.

Hubo un tiempo, siempre hubo un tiempo sobre el que nos desgastamos el
uno con el otro. Tú sabías que me matabas lentamente, tus pasos con
prisa, tus vuelos ágiles, dos y tres veces más tu silencio, tu palabra
apagada, el beso con el cual huías, y el beso del que huías, sabías que
la muerte iba descomponiéndose desde el momento en que me mirabas a la
cara, yo reconocía en tí el sueño que todas las verdades me revelaba, y
a eso le temía. A tí, saber de mí en todos esos instantes te mantenía a
flote, te aferrabas a mí con vocación religiosa y sin límite, por eso
cuando dormías sabiendo que yo no era accesible desde tu sueño sentías
que todas las tablas de salvación se te perdían.

Anoche dormiste sola, yo también, y tu noche y la mía se confundían, tú
eras en mí la luz a la que no quiero llegar y yo la luz a la que no
podías negarte.

Oscar Vargas Duarte

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