Observaciones a destiempo

Ella llora, su rostro ha sido atrapado sin otra opción que
la de permitir a las lágrimas hacerse presente por sus mejillas.  Llorar es un asunto personal, inseparable del
alma y la prudencia indica que cuando el alma se manifiesta en los ojos de
alguien es mejor no observarlos.  Él no
la mira, no se trata de ignorarla o pasar por alto sus sentimientos, tan solo
mantiene el flujo de su conversación, parece que las palabras lo excitan – no sexualmente,
habla del almuerzo, del sabor de la fruta, del espacio que habita, de una
canción que escuchó en la mañana y lo hizo retornar a un espacio perdido. Ella
lo observa, ahora comprende su dimensión, puede ver que se trata de un hombre
generoso que no se guarda sus apreciaciones del mundo, que las comparte para
que otros que se olvidan de sentir reconozcan los espacios  que no olvidan ver.

 

Él habla de la ensalada, del color de las paredes y de cómo
el azul hace interminable los lugares y le permiten seguir hacia el cielo.  Ella quiere decirle que lo ama, que ha sido
así desde antes, incluso en los tiempos anteriores a conocerlo.  Alrededor nadie la nota, nadie le mira el
rostro, nadie sabe de sus lágrimas.  Solo
es alguien que llora, que mira y escucha, los demás tienen su propia aventura y
se adentran sin querer descubrir lo que ocurre en su entorno.  Ella piensa que sus lágrimas no pueden ser en
vano, que sus palabras no deben agrietarse antes de salir a su boca.  Sabe que ya no es una nube impregnada de
aromas o el sol intenso de una mañana, una estrella que guía o la tierra
intensa que nace con la lluvia, un mar de certeros viajes al todo o la luna
etérea que acompaña una noche de amor, tiene claro que es alguien más un lugar
común, que el hombre que habla incesante no la encuentra porque ella cercó
todos los pasos que lo atraían a ella.

 

Él la sobrepasa y la destruye, esto no ocurre porque sea
devastador como las plagas, es porque ella ahora siente sus brisas, su
recorrido sobre la arena, su caminar solar, el abrupto cambio de climas que
pareciera invitar a sembrar cualquier tipo de semillas, siendo así como lo
conoció antes sin que ella hubiese querido aceptarlo, la destruye porque ahora
sabe que haberlo ignorado era mantenerse en una celeridad desértica sin fin.

La mujer continúa observándolo mientras él termina de
comerse la fruta que tenía en el plato. 
El hombre habla nuevamente, sigue con su charla, con sus expresiones sin
fin, con palabras llenas de amor que le hablan a un ser imaginario, mientras
ella desde la ventana lo mira teniendo claro que solo hasta la siguiente semana
podrá venir al sanatorio mental a verlo nuevamente.

 

Oscar Vargas Duarte.

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