Ahora que lo recuerdo

Ahora que lo recuerdo fue un instante importante para mí, era parte de un secreto, de una fuga, de un escabroso camino que alguien quería ocultar.  La sorprendí caminando junto a la estación de buses en el extremo del pueblo.  Yo iba con el mismo descuido con el cual los niños riegan arena sobre la calle o dejan olvidado un juguete por ir tras otro, ella caminaba tratando de ocultarse, pero la casualidad es un asunto que no sabré resolver en esta vida, nos encontramos, me saludó y sonrió hasta que me contó el motivo de su presencia en el lugar.  Reímos un rato, un poco porque ella confesaba para mí algo que consideraba secreto y otro poco porque yo hacía parte de su lista de ‘tumbas’ y no contaría de lo que viera a nadie.

Me pidió que la acompañara, ella no conocía el otro pueblo al que iría y se sentiría más segura yendo acompañada.  La risa se confundió con nuestra falta de prudencia, yo tampoco había ido lo suficiente a ese pueblo como para saber moverme con confianza en él, pero dos perdidos no están perdidos mientras se acompañen el uno al otro.  No subimos al carro que nos llevaría, hablamos en él de una y otra cosa, de mi fantasía por ser astronauta, de sus deseos de ser una profesional en biología.  A nadie le importó nuestra charla, los cuarenta minutos se desplazaron al pasado con la misma prontitud con la cual yo abracé un bostezo y ella cerró los ojos para descansar del movimiento brusco del carro por las curvas.

En el otro pueblo debimos preguntar por el lugar al cual ella debería ir a cumplir la cita.  Nos acercamos, antes de llegar me pidió que la dejara solo, claro está, debía asegurarme de que alguien la recibiría y luego podría irme por seis horas a donde quisiera.  Cumplimos cada uno nuestra parte, ella fue, preguntó por quien estaba buscando, lo encontró, apenas giró un poco para hacerme entender que podría marcharme y yo entendí el mensaje y pensé qué hacer durante ese tiempo.  Fui al parque, busqué una silla y me quedé dormido por cuarenta minutos hasta que fui despertado por una mujer de cabello claro.  Me preguntó tantas cosas que solo atiné a decirle que tenía sueño y no me importaba mucho dormir en ese sitio.  Me invitó a dormir a su casa, allí podría yo descansar sin preocuparme por nada.

A quien le importa a dónde ir cuando no se está buscando algo, así que la seguí, me hizo sentar en el comedor, me trajo un jugo de mandarina, me dio luego galletas y café con leche.  El sofá me permitió relajarme cuarenta minutos más. Dormí como si el sueño nunca se hubiera encontrado conmigo, me desperté liviano, sin culpas, sin vocablos repetidos, tal cual uno se siente cuando lo innecesario ha sido olvidado.  Ella estaba en el mismo lugar en donde pensé que se había sentado mientras yo me dormía.  La miré y le dije que había descansado suficiente y ya podía irme, claro está, con el mayor de los agradecimientos. Ella insistió en que le dijera que hacía en el pueblo, a dónde iría luego, sobre mi familia hizo preguntas bastante inquisidoras, yo tan solo le respondía que estaba ahí porque no había otro lugar en el que fuese posible mi existencia durante ese espacio de tiempo.

Salí de la casa y me fui caminando por las aceras viendo tranquilamente los artículos expuestos en las vitrinas.  En un almacén vi ropa interior femenina, entonces recordé el escote de la mujer, la manera tranquila como cruzaba las piernas y me permitía contemplar sus piernas.  Extraño, pero igual yo estaba desgastando las horas y no había tenido un solo pensamiento sexual con ella.  Cinco minutos después todo era sexo. No podía sacar de la cabeza los pensamientos sexuales acerca de la mujer que además de cabello claro ostentaba dos senos que dejarían satisfecha cualquier boca masculina, unas piernas largas, y unos labios que combinarían con cualquier parte de mi cuerpo.

Me devolví como si el único lugar del mundo al cual debiera llegar fuese a su casa.  No pude llegar. No supe como volver. Todo fue confusión.  Estuve dando vueltas y más vueltas.  Un policía me detuvo, hizo preguntas sobre las razones por las cuales estaba en el lugar, le conté que había venido a acompañar a una prima a hacer adelantar un asunto personal y que mientras tanto yo trataba de reconocer las calles del pueblo, solo hacía ejercicios de turista.  El policía insistió en saber de donde venía y le dije que era del pueblo cercano, que podía darle los datos de mi casa, así podría llamar y confirmar quién era yo por si consideraba que había algún riesgo conmigo.  El policía me hizo caminar con él hasta la estación de policía, a unos metros de la puerta de entrada me dijo que podía irme, si me hacía entrar a la estación debía detenerme pero él era generoso con las personas y no me haría ese mal, de todas maneras, me pidió que me alejara de allí.

En el parque del pueblo las cosas no habían cambiado mucho.  Unas personas pasaban, se saludaban entre sí y seguían.  Me senté nuevamente en la silla en que había dormido.  Aún quedaban más de tres horas.

La mujer volvió y me habló.  Le sonreí y hablé como corresponde a quien tiene la fortaleza de la palabra. Ella comprendió que no era un mendigo ni me había fugado de mi casa.  Me dijo que se sentía un poco tonta por haberme dicho algunas cosas. Yo le dije que pregonar la caridad era un asunto universal y ella era universal.  Algunas charlas están obligadas al suicidio o al juego de manos, esta llegó al juego de manos, entonces le dije que no yo debía estar ahí hasta tanto llegara una hora concreta, no podría moverme, que si algo ocurriera entre nuestros cuerpo debía ser ahí, en ese espacio abierto.  Soy casada, no puedo estar aquí como si fuese una cualquiera besándome con alguien que no es mi esposo – dijo ella, entonces yo le repliqué soy un hombre libre y no puedo aceptar ocultarme para ceder al deseo de una mujer que es libre aunque sea casada.

Se marchó y me dejó con una erección que me dolía.

Cumplí la cita después de las horas pactadas.

Mi prima me contó que había estado con su novio, de quien realmente era la amante.  Un policía que la debió dejar sola un largo rato mientras fue a saber por qúe un desconocido daba vueltas cerca de la casa de su esposa y por qué su esposa estaba hablando con un estraño en el parque.

Oscar Vargas Duarte

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