Goles hechos de amor

La posibilidad matemática de que
ocurriera un resultado o el otro era la única oportunidad que teníamos.  El equipo contrario tenía todas las
estadísticas a favor, difícilmente podrían igualarse sus cifras.  Nuestro equipo había campeado entre bajas y
altas durante toda la temporada, más bajas que altas, casi todas bajas.  El estadio estaba lleno, no por nosotros,
estábamos jugando de visitantes y la popularidad del equipo de casa había
subido mucho durante los últimos meses, era imposible que perdieran un partido,
hacían ver el juego fácil y simple.

 

El técnico se paró en medio de
todos, dejó que el silencio se tragara cualquier intención diferente a la de
mantenernos en círculo.  Todos sabíamos
que los directivos querían sacarlo para poner a un técnico amigo de un
periodista, en el periódico y la radio constantemente hacían referencias malas
a la campaña, que de hecho eran ciertas, y culpaban al director técnico.  Este partido iba a ser la excusa perfecta,
todos esperaban que el otro equipo nos venciera por muchos goles, al final él
debía retirarse, incluso muchos de nosotros creíamos lo mismo.  Uno de los jugadores que tenía mejor imagen
con la prensa había desistido de jugar, inventó una enfermedad y el médico sostuvo
su mentira, así evitó el partido.

 

Los últimos días casi todos nos
habíamos quejado de que los hinchas nos estaban asediando sin misericordia, a
algunos los insultaron en la calle, a otros incluso al parecer se nos metieron
en la casa.  No robaron objetos de valor,
de hecho no se llevaron nada.  En mi caso
creo que algo me falta, no se aún qué es pero estoy convencido de que me
robaron algo.  Mi esposa dice que todo
está, que nada falta, pero la sensación de que algo falta en la casa no me deja
tranquilo.

 

A varios metros se veía venir al
muchacho que habían traído del equipo B para reemplazar al que se ausentó con
la excusa de estar enfermo, sabíamos que era bueno, él si jugaría el partido
como si fuese lo único para lo cual había nacido, sabía que era una
oportunidad, tal vez la única, para que lo vieran jugar y otro equipo quisiera
comprar su pase.  El técnico nos dijo que
esperásemos al nuevo, él jugaría en el medio del campo, haría de diez, los
demás ya teníamos claro los pocos movimientos nuevos en la táctica que se
habían definido para el juego.

 

El muchacho venía con una caja,
le ayudaba uno de los auxiliares que cargaba los balones y el agua.  Se acercaron al grupo y se introdujeron hasta
el centro del círculo.  Este muchacho,
inició la charla el técnico, jugará en el centro de todos, será el armador,
ustedes lo han visto pero no han jugado juntos.   Por él ganaremos el partido.  Algunos en el equipo se rieron y con sarcasmo
le indicaron al técnico que este equipo no le ganaba a nadie por la discreción
técnica que le imprimía él. Repitieron lo que los comentaristas radiales
decían.

 

El técnico los ignoró y continuo
hablando acerca de las oportunidades, sobre cómo estas aparecen y deben ser
tomadas de inmediato.  Hoy sería un día
de esos.  En esta caja que ustedes ven
hemos guardado un embrujo que hemos hecho para el equipo.  Nos han dicho que nos tiene “salados” y por
eso sin importar lo que hagamos en la cancha perderemos.  Este joven nuevo es de una familia de brujos,
quienes han hecho un conjuro para nosotros. 
Esta caja la mantendremos junto a los jugadores que están en la banca,
ahí debe conservarse todo el partido.

 

La inquietud por el tipo de cosas
que contenía la caja nos hizo concentrarnos a todos en ella.  Nos expusieron el objetivo del conjuro, ganar
siempre, evitar las lesiones y sobre todo convertirnos en un grupo aguerrido.
Nuevamente aparecieron los comentarios negativos de quienes estaban siendo
utilizados para hacer caer al técnico.

 

Señores, el partido comienza en
unos minutos, todos saben de qué madera están hechos y eso es lo que deben
mostrar en la cancha.  El conjuro es para
aprovechar las fuerzas de la naturaleza a favor nuestro.  Dentro de la caja hay algo que a cada uno de
ustedes le pertenece, solo les será devuelto si ganan, de otra manera lo
perderán para siempre, eso es parte del embrujo.  El técnico hizo silencio y se fue a la
banca.  Nos quedamos en el centro los
jugadores, el auxiliar se llevó la caja y el jugador nuevo se fue corriendo.

 

El partido fue una masacre
futbolística sin misericordia.  La radio
hablaba de los goles, de la destreza de los jugadores, del merecimiento, del
retiro del técnico, de la desnudez técnica con la que se había parado el equipo
en la cancha.  Nosotros en el camerino
nos acercamos a la caja, estábamos llenos de felicidad por haberle ganado al
que había sido hasta ahora el mejor equipo de la temporada, lo habíamos superado
fácilmente con siete goles.

 

Alrededor de la caja todos
teníamos curiosidad por saber qué objetos había dentro que nos
pertenecían.  Todos debimos salir, a cada
uno nos llamarían para que tomásemos lo propio, con la condición de no
revelarlo.  Lo que está dentro es muy
importante para cada uno de ustedes y nosotros sabemos que no quieren que otros
lo sepan.

 

Yo entré con ansiedad, ni
siquiera recordaba el marcador del partido ni el nombre del otro equipo, ni como había marcado los cuatro primeros  goles, solo
quería saber lo que estaba dentro de la caja. 
En la mano de un señor que no volvería a ver el resto de mi vida estaba
el calzón que había utilizado mi esposa la noche de bodas y que yo guardaba en
mi mesita como amuleto porque aquella noche ella  se entregó por primera vez en cuerpo ya que su
amor me lo entregaba desde hacía mucho tiempo.

Oscar Vargas Duarte

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