Durante treinta días lo esperó todas las noches, durmió en su cama, a las doce de la noche se dejaba llevar por el sueño y despertaba a las siete de la mañana del día siguiente. El día treinta y uno él apareció un poco antes de las doce, no hubo excusas para presentar, tampoco reclamos o quejas. Le dio una pijama limpia, le ofreció agua y le cedió la mitad de la cama corrrespondiente.
A las tres de la mañana cuando el miedo hace temblar a los que creen en agüeros, ello lo sintió dormir profundamente, entonces tomó la almohada, le cubrió la cabeza y le disparó con el arma que había comprado para defenderse. Es la ausencia una forma de muerte y ella no pudo soportar su afrenta.
Oscar Vargas Duarte